Inmediatamente despues del Rey, se presentó el Conde inglés muy pomposo y en extraña manera. Venia armado en blanco, y montado á la guisa en un brioso caballo bayo, cuyos paramentos eran de seda azul sembrada de estrellitas de oro, y llegaban hasta el suelo. Encima de las armas traia un ferreruelo á la francesa de brocado negro raso, y en el brazo un broquelete redondo, ribeteado de oro: el sombrero era blanco y adornado de muchas plumas. Venian con él cinco pages vestidos de seda y brocado, y montados en caballos con riquísimos jaeces: asimismo le acompañaban ciertos gentiles-hombres de su pais suntuosamente ataviados. Acercándose el Conde, saludó con aire cortés y caballeresco, primero á la Reina y á la Infanta, y despues al Rey. La Reina le recibió muy benignamente, alabando su valerosa conducta en el asalto de Loja; y como le consolase por la pérdida de sus dientes, respondió el Lord: “que Dios que habia hecho toda aquella fábrica, quiso abrir alli una ventana para ver mejor lo que pasaba dentro[51].” Siguió el discreto Lord un rato al lado de la real familia, cumplimentando á todos con discursos muy corteses, haciendo corbetas con su caballo, y saltando de una parte á otra con tanta gracia, que á todos pareció bien; y asi los Reyes como los grandes, quedaron admirados tanto de la magnificencia de su porte, como de su destreza en el manejo[52].

La Reina, reconocida á los servicios de este bizarro inglés, le envió muchos ricos dones; entre otras cosas doce caballos, una tienda de campaña magnífica, dos camas de ropa guarnecidas, la una con paramentos de oro, y mucha ropa blanca[53].

CAPÍTULO XXXV.

Rendicion de Moclin y otros sucesos.

Al rigor de la artillería cristiana habia cedido ya la mayor parte de los pueblos fronterizos de Granada. El ejército del Rey, acampado ahora delante de Moclin, se disponia á combatir esta plaza, una de las mas fuertes de la frontera. Situada sobre un alto cerro por cuya base pasaba un rio que la protegia por un lado, mientras por otro le defendia un bosque espeso, se la reputaba como inexpugnable. Sus altos muros y macizas torres dominaban todas las entradas y pasos de las montañas inmediatas; y tal era la fuerza de su posicion, que los moros la llamaban el Escudo de Granada.

Tenia Fernando particular empeño en rendir esta plaza; pues doscientos años antes un maestre de Calatrava, con todos sus caballeros, habia sido lanceado por los moros delante de sus puertas, y recientemente habian hecho una carnicería cruel en las tropas del conde de Cabra. Sentido el Rey por estas causas, hizo todas las prevenciones necesarias para un sitio riguroso. En medio del real se habian puesto dos montones, el uno de harina, y el otro de cebada, que se llamaban la Alhóndiga Real; se construyeron tres baterías de gruesa artillería, y se repartieron en diferentes puntos, alrededor de la villa, las piezas menores y máquinas bélicas con que se arrojaban los proyectiles.