No por eso dejaron los nobles y los alfaquís de acudir á la Alhambra para felicitar al Soberano; pero al tiempo que se tributaba al pié del trono el incienso de la adulacion, salió de en medio de la turba de cortesanos una voz, que cual trueno asaltó los oidos del atónito Aben Hazen. “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de Granada!” decia aquella voz: “la hora de tu desolacion se acerca: las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas, y nuestro imperio en España se acabará para siempre.” Aterrados quedaron todos al oir al denunciador de tantos males, y se retiraron dejándole solo en medio del salon. Era un anciano vestido en hábito de Dervís, á quien la nieve de las canas no habia apagado el fuego de su espíritu, que centelleaba en sus encendidos ojos: era, como dicen los historiadores árabes, un Santon, uno de aquellos que pasando la vida en la oracion y la soledad, alcanzan á fuerza de ayunos y penitencias el don de la profecía. La voz del Santon resonó por los salones de la Alhambra, imponiendo silencio y causando temor á todos los presentes. Solo Muley Aben Hazen le oyó sin inmutarse; y mirándole con desprecio, le trató de viejo demente, cuyas predicciones no eran mas que delirios de una imaginacion descarriada. Saliéndose de la presencia real, bajó el Santon á la ciudad y la recorrió toda con ademanes frenéticos, dando voces, y repitiendo en todas partes el fatal vaticinio. “La tregua se quebrantó, decia, y desde hoy comienza una guerra exterminadora. ¡Ay! ¡ay! ¡ay de tí Granada! la desolacion reinará en tus palacios; tus fuertes defensores caerán bajo la espada del enemigo, y tus hijos y tus hijas gemirán en la esclavitud. Zahara no es mas que el tipo de Granada.”

El pueblo que esto escuchaba se llenó de espanto, pareciéndole que eran inspiraciones proféticas los desvaríos del Santon. Encerrábanse los unos en sus casas como en tiempo de luto, y los otros se reunian en corrillos por las calles y las plazas, alarmándose mútuamente con los mas tristes presentimientos, y maldiciendo el arrojo y barbarie del temerario Aben Hazen.

El Monarca moro cerró los oidos al descontento general; y conociendo que su conducta debia acarrearle la venganza de los cristianos, se declaró abiertamente, é hizo un esfuerzo para sorprender á Castellar y á Olvera; pero sin lograr su intento. Envió asimismo alfaquís á los estados berberiscos, anunciándoles que la espada estaba desembainada, y solicitando su auxilio para mantener contra la violencia de los infieles al reino de Granada y á la religion de Mahoma.

CAPÍTULO IV.

Expedicion del marqués de Cádiz contra Alhama.