Aunque despojada de sus glorias, y sin esperanzas de ser socorrida, todavia la ciudad de Granada, por la extension y fuerza de sus baluartes y castillos, parecia desafiar todas las tentativas que se hiciesen para tomarla por asalto: habia una guarnicion numerosa, habia valor y patriotismo; y el pueblo, aletargado hasta ahora por las blanduras de la paz, habia tomado en este peligroso trance una actitud imponente.
Conoció Fernando que no se podia tomar á viva fuerza esta ciudad sin mucho trabajo y sangre; y por tanto determinó rendirla con la hambre. Al efecto envió sus tropas á correr los pueblos y valles de las Alpujarras, y fueron saqueados y destruidos muchos de los lugares que proveian de mantenimientos á la capital, en cuyos alrededores discurrian tambien partidas sueltas que sorprendian casi todos los convoyes que se dirigian al enemigo. La osadía de los moros crecia á par de su desesperacion; sus salidas eran frecuentes y vigorosas, y los rebatos que daba Muza con su caballería, introducian á veces el terror y la muerte hasta el centro del real cristiano. Para proteger el campo contra estos asaltos, lo mandó el Rey fortificar con fosos y parapetos, le dió una forma cuadrangular, y puso las tiendas y barracas de los soldados por hileras, figurando las calles de una ciudad.
Acabado de fortificar el campo, vino á él la Reina, con el Príncipe don Juan y las Infantas. El dia despues de su venida, salió con mucho acompañamiento para ver el real y sus alrededores, y donde quiera llegaba, era recibida con aplausos y aclamaciones. Pero la fogosidad de la juventud granadina de ningun modo se disminuyó con la llegada de la Reina; y Muza, viendo que el Rey cristiano se abstenia de dar un asalto, procuraba empeñar escaramuzas, y promover combates singulares entre sus caballeros y los del ejército enemigo. Asi es que apenas pasaba dia en que no hubiese algun encuentro de este género: los combatientes rivalizaban entre sí en el lujo de sus armas y arreos, asi como en las proezas; y sus contiendas mas parecian ejercicios caballerescos ó justas, que combates verdaderos. Pero Fernando, viendo que estos desafios, al paso que costaban la vida á muchos de sus caballeros mas valientes, alimentaban el valor y ardoroso celo de los moros, los prohibió absolutamente; y por entonces cesaron con sentimiento de ambas partes. Mas no por eso dejaron los moros de hacer los mayores esfuerzos para renovarlos. Á veces una cuadrilla de ellos, bien montados, llegaban gineteando hasta las mismas barreras del real, y arrojaban dentro sus lanzas lo mas que podian, dejando en ellas algun rótulo con sus nombres para provocar á los cristianos; pero estos, contenidos por las terminantes órdenes del Rey disimulaban su irritacion.
Habia entre los caballeros moros uno que se llamaba Tarfe, á quien todos respetaban por su temerario valor y grandes fuerzas. Este arrogante moro, en una salida contra el real cristiano, se separó de sus compañeros, saltó con su caballo las barreras del real, y corriendo hácia el alojamiento de los Reyes, tiró su lanza tan adentro, que la dejó clavada en el suelo junto á la puerta del pabellon real. Los guardias salieron en su persecucion; pero ya Tarfe se habia reunido con los suyos, y envueltos en una nube de polvo corrian todos á rienda suelta hácia Granada. Al sacar del suelo la lanza, se halló en ella un rótulo manifestando que iba dirigida contra la Reina.
Grande fue la indignacion de los caballeros cristianos cuando supieron el temerario arrojo de Tarfe, y el insulto que se habia ofrecido á su Reina. Hallóse presente Hernan Perez del Pulgar, el de las hazañas; y resuelto á no ser excedido en valor por un bárbaro, propuso á sus camaradas una empresa de no menos dificultad y peligro. Muchos se ofrecieron á seguirle; pero él escogió solamente quince, que todos eran de gran corazon y de muchas fuerzas. En el silencio de la noche los sacó fuera del campo, y se acercó cautelosamente á la ciudad, hasta llegar á un postigo que daba sobre el Darro, y estaba guardado por algunos soldados de infantería, los cuales, no esperando un ataque semejante, estaban casi todos durmiendo. Acometieron los cristianos, forzaron la puerta, y siguióse una pelea confusa entre ellos y la guardia. Pulgar, sin detenerse á tomar parte en la refriega, hincó las espuelas á su caballo, y se entró por la calle adelante, corriendo furiosamente y sacando centellas de las piedras, hasta que llegó enfrente de la mezquita principal. Apeándose entonces de su caballo, se arrodilla delante de la puerta, toma posesion del edificio como templo cristiano, y lo consagra á Nuestra Señora. En testimonio de esta ceremonia, saca una tablilla que traia, en que estaban escritas en letras grandes las palabras, Ave María, y con el pomo del puñal la clava en la puerta. Hecho esto, monta su caballo, y á carrera tendida vuelve sobre sus pasos. Entretanto se habia alborotado la ciudad, y los soldados iban acudiendo de todas partes; pero Pulgar, atropellando á unos, derribando á otros, y asombrando á todos, volvió á ganar el postigo, y reuniéndose con sus compañeros que aun estaban peleando en la puerta, se retiró con ellos, y regresaron todos felizmente al real. Los moros, que no sabian el objeto de un atentado al parecer tan infructuoso, hacian mil discursos para comprenderlo; pero ¡cuál seria su exasperacion cuando á la mañana siguiente se ofreció á su vista aquel trofeo de valor, aquel Ave María que el intrépido Pulgar habia elevado en el centro de la ciudad! La mezquita que con tan nuevo modo santificó este héroe, se convirtió, despues de la conquista, en catedral[42].