De la construccion de la ciudad santa Fé, y de la capitulacion de Granada.
Los moros, aunque desanimados por el descalabro que acababan de sufrir, todavia se lisonjeaban que el incendio del real y las próximas lluvias del otoño, pondrian al Rey Católico en la necesidad de levantar el campo y de retirar sus tropas. Pero las medidas que tomó Fernando, destruyeron muy pronto esta esperanza. Para convencer á los moros que su resolucion era perseverar en el asedio de la plaza hasta rendirla, mandó construir una ciudad formal en el mismo sitio que ocupaba el campo. La ejecucion de tan árdua empresa se encargó á nueve ciudades principales que rivalizaron entre sí con un celo digno de tan justa causa. En muy poco tiempo se vieron subir fuertes muros, poderosas torres y sólidos edificios, donde antes no habia mas que ligeras tiendas y humildes chozas. Cuatro calles principales atravesaban la ciudad en forma de cruz, terminando en cuatro puertas que miraban á los cuatro vientos. En el centro habia una plaza espaciosa, donde cabia un ejército entero. Á esta ciudad se habia determinado dar el nombre de Isabel, nombre tan amado del ejército y de la nacion; pero esta piadosa princesa no quiso sino que se llamase santa Fé, que es como se denomina al dia presente. Hecha la ciudad, acudieron á ella los comerciantes con todo género de mercancías, establecieron sus almacenes con abundancia de efectos muy preciosos, y dieron á aquella poblacion un aire de prosperidad que contrastaba singularmente con el silencio y soledad que reinaban en la capital vecina.
Entretanto, los rigores de la hambre empezaban á estrechar á los sitiados. Un convoy de víveres y dinero que venia para Granada desde las Alpujarras, cayó en manos del marqués de Cádiz, y fue conducido por él al campo sin que los moros, que lo veian, se lo pudiesen estorbar. Llegó el otoño, pero no habia cosechas; se acercaba el invierno, y ya la escasez de provisiones iba haciéndose muy sensible en la ciudad. Empezaron á desmayar los ánimos, y á desfallecer las fuerzas, y el pueblo, en sus recelos, recordaba los vaticinios de los astrólogos cuando nació su malhadado Monarca, con todo lo que se habia pronosticado de la suerte de Granada cuando la toma de Zahara.
Alarmado Boabdil por los peligros que le amagaban de fuera, y por los clamores de su pueblo, convocó un consejo compuesto de los capitanes principales del ejército, de los alcaides de las fortalezas, de los xeques ó sábios de la ciudad, y de los alfaquís ó doctores de la fé. Reunidos en la Alhambra, les requirió Boabdil que le propusiesen medidas para ocurrir á la necesidad extrema en que se hallaban. La desesperacion estaba retratada en los semblantes de los consejeros, y respondieron todos: la rendicion. El intendente, Abul Casim Abdelmelec, representó el estado deplorable de las cosas: “Nuestros graneros, dijo, están exhaustos; la comida de los caballos la toman los soldados para sí, y los mismos caballos los matan para su sustento; por manera que de siete mil que habia, no quedan sino trescientos: tenemos en fin, un vecindario de doscientas mil almas, que son otras tantas bocas que claman lastimosamente por los medios de subsistir.” Los xeques y ciudadanos principales confirmaron la relacion de Abul Casim, diciendo que no habia mas alternativa que entregarse ó morir.
Boabdil permaneció un rato silencioso y triste, y se mostró profundamente conmovido. Los consejeros, conociendo que vacilaba la resolucion del Rey, unieron sus votos, y le instaron de nuevo que otorgase la rendicion. Solo Muza se manifestó opuesto, diciendo que aun era temprano para tratar de la entrega, y que no estaban aun apurados los recursos. “Uno resta, añadió, terrible en sus efectos, y que en las ocasiones vale las mas cumplidas victorias; es la desesperacion. Animemos al pueblo, hagamos el último esfuerzo, y muramos si es preciso. ¡Por mí mas quiero que me cuenten en el número de los que perecieron en defensa de la pátria, que en el de los que presenciaron su estrago!”
Las palabras de Muza no produjeron efecto alguno: la experiencia de tantas calamidades tenia postrados los ánimos de sus oyentes, y el abatimiento público habia llegado á aquel grado en que el mas entusiasta se torna discreto, y en que se desatiende á los héroes para escuchar los consejos de los ancianos. Cedió Boabdil al voto general, se acordó la capitulacion, y se despachó al intendente Abul Casim Abdelmelec para tratar de las condiciones con los Soberanos.
Habiéndose presentado Abul Casim con este objeto en el real cristiano, fue recibido con mucho agasajo por los Reyes, que nombraron para tratar con él á Gonzalo de Córdoba y al secretario Fernando de Zafra; y despues de algunas conferencias se pusieron por escrito las capitulaciones siguientes:
Habria suspension de armas por espacio de setenta dias y si en este tiempo no venian socorros al Rey moro, se entregaria la ciudad de Granada.
Á todos los cautivos cristianos se pondria en libertad sin rescate.