El Monarca moro y sus caballeros principales, harian pleito homenage á los Soberanos de obedecerles y guardarles fidelidad; concediendo éstos á Boabdil ciertas tierras en las Alpujarras para su mantenimiento.

Los moros de Granada quedarian por vasallos de la corona de Castilla, conservarian sus bienes, caballos y armas, (menos la artillería) serian protegidos en el egercicio de su ley, y gobernados por sus cadis, con sujecion á las autoridades puestas por el Rey: estarian exentos de tributos por espacio de tres años, y los que despues se les exigiese, no serian mayores de los que habian pagado siempre á sus Reyes.

Los que quisiesen pasar al África, podrian verificarlo, con sus efectos, en embarcaciones que se les daria sin coste alguno.

Entretanto que se cumplian estas condiciones, se darian en rehenes cuatrocientos hijos de los ciudadanos moros mas principales, debiéndose al mismo tiempo restituir al Rey de Granada su hijo, y entregar todos los demas rehenes que habian quedado en poder de los Soberanos.

Volviendo á Granada el Wazir Abul Casim con estas capitulaciones, las presentó al Divan como únicas que se concedian. Cuando los consejeros vieron llegar el terrible momento en que debian firmar y sellar la perdicion de su imperio, y en que Granada iba á ser borrada del número de las naciones, faltó en todos ellos la firmeza, y en algunos pudo tanto el sentimiento que derramaron lágrimas. No asi Muza, que conservando su serenidad, dijo: “Señores, dejad el llanto á los niños y mugeres, y tengamos corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de sangre. Veo tan caidos los ánimos que parece ya imposible salvar la pátria. Pero queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte. La madre tierra recibirá lo que produjo, y al que faltare sepultura que le esconda, no fallará cielo que le cubra. No quiera Alá que se diga que los granadinos nobles no osaron morir por la pátria.”

Acabó Muza de hablar, y un alto silencio prevaleció en toda la asamblea. Volvió Boabdil los ojos en derredor, y en todos los semblantes no vió sino el abatimiento y la resignacion. “¡Alá achbar!, exclamó, ¡Dios es grande! en vano es el oponerse á la voluntad del cielo: demasiado cierto es que nací para ser en todo infortunado, y que el reino de Granada debe espirar bajo mi dominio.” “¡Alá achbar!, respondieron los visires y alfaquís, hágase la voluntad de Dios.” Ya se disponia el consejo á firmar las capitulaciones, cuando Muza, lleno de indignacion, volvió á levantarse, y dijo. “No os engañeis pensando que los cristianos serán fieles á sus promesas, ni creáis que su Rey será tan generoso vencedor, como venturoso enemigo. La muerte es lo menos que debemos temer: el saqueo de la ciudad, la profanacion de los templos, los ultrajes, las afrentas, la violacion de nuestras mugeres, calabozos, cadenas y esclavitud; he aqui las miserias que verán las almas viles: yo, por Alá, no las veré.” Diciendo estas palabras se salió muy airado, y habiendo tomado armas y caballo, partió de la ciudad por la puerta de Elvira, y nunca mas pareció[47].

Asi refieren los historiadores árabes el suceso de Muza Ben Abul Gazan; pero posteriormente parece haberse adquirido alguna luz sobre su suerte. Dice un coronista antiguo que la tarde de aquel dia, una partida de caballeros cristianos que discurria por las márgenes del Jenil, en número poco mas ó menos de veinte lanzas, vieron venir por el mismo camino un guerrero moro armado de punta en blanco, que traia calada la visera, la lanza en ristre, y su caballo cubierto asimismo de una armadura completa. Los cristianos iban armados á la ligera, con adarga, lanza y casco, pues habiéndose establecido la tregua, no pensaban ser acometidos; pero como viesen venir hácia ellos á este guerrero desconocido con aire tan hostil, le gritaron que se tuviese, y que declarase quien era. El moro, sin responder palabra, arremetió por medio de ellos, y atravesando á uno con la lanza, lo derribó de su caballo. Revolviendo entonces, acometió á los demas con el alfange: sus golpes eran furiosos y mortales, y parecia pelear no por la gloria sino por la venganza, no por conservar su vida sino por dar la muerte; pues todo su afan era herir en los cristianos sin cuidar de su defensa. Casi la mitad de los caballeros yacian muertos ó heridos por el suelo, sin que el furibundo moro hubiese recibido aun ninguna herida grave; tal era la finura y fuerza de las armas que llevaba; pero al fin cayó su caballo atravesado de una lanza, y él mismo, herido malamente, vino tambien al suelo. Los cristianos, admirando su valor, quisieron perdonarle la vida; pero el moro siguió defendiéndose de rodillas con un puñal agudo hasta quedar enteramente exhausto y sin fuerzas para combatir. Entonces, haciendo el último esfuerzo, se arrojó desesperado al rio, y se fue al fondo con el peso de las armas.

Este guerrero desconocido era Muza Ben Abul Gazan; su caballo fue reconocido por algunos moros que habia en el real cristiano; pero la verdad del hecho nunca se ha podido averiguar de todo punto, por las dudas que le rodean.