Cuando llegó al puerto, acudieron muchos de los que habian sido sus vasallos para verle antes que partiese. Embarcóse Boabdil, y los espectadores viendo desplegadas al viento las velas del navío, ya libre de sus amarras, quisieran con una despedida afectuosa, mostrar á su desgraciado príncipe el interés que tomaban en su suerte; pero la consideracion del estado humilde á que habia llegado, trajo irresistiblemente á su memoria el apellido ominoso de su juventud: “¡Adios, Boabdil!, dijeron, ¡Alá te guarde, el Zogoibi!” Esta denominacion fatal se imprimió altamente en el corazon del expatriado Monarca, y de nuevo se le humedecieron los ojos al perder de vista las nevadas cumbres de la serranía de Granada.
Llegando á Fetz, fue bien recibido del Rey Muley Acmed, deudo suyo, y vivió muchos años en sus dominios. Su manera de vida en todo este tiempo, y si la pasó con resignacion ó disgusto, no lo dicen las historias. La última noticia que se tiene de él es del año 1526, treinta y cuatro años despues de la pérdida de Granada, cuando acompañó al Rey de Fetz á la guerra, para suprimir una insurreccion de dos hermanos llamados Xerifes. Los ejércitos se dieron vista en las orillas del Guatisved, junto al vado de Bacuba. El rio era profundo, las orillas altas; y por espacio de tres dias estuvieron los dos ejércitos haciéndose fuego de la una á la otra parte, sin atreverse ni unos ni otros á pasar aquel vado peligroso. Al fin, habiendo el Rey de Fetz dividido su ejército en tres trozos, dió el mando del primero á su hijo, en union con Boabdil, encargándoles que pasasen el vado y ocupasen al enemigo, mientras él llegaba con el resto de las tropas. Boabdil acometió la empresa con denuedo; pero cuando llegó á la orilla opuesta, fue tan vigorosamente atacado por el enemigo, que el hijo del Rey de Fetz y muchos de los capitanes mas valientes murieron en el primer encuentro. Retrocediendo estas tropas, se mezclaron con las demas que empezaban á pasar el vado, y se siguió la mayor confusion y desórden: la caballería atropellaba á los peones, y éstos, atosigados por la matanza que hacia en ellos el enemigo, no sabian á que parte volverse; por manera, que los que escapaban de morir á hierro perecian en el agua. En esta horrible carnicería sucumbió Boabdil, verdaderamente llamado el Zogoibi: triste ejemplo de los caprichos de la fortuna; pues tuvo este príncipe valor para morir en defensa de un reino ageno, no habiéndolo tenido para morir defendiendo el suyo[53].
Nota. En la galería de pinturas del Generalife, puede verse un retrato del Rey chico Boabdil, que está representado con semblante apacible, rostro hermoso y de buen color, y cabello rubio. Su vestido es de brocado amarillo con relieves de terciopelo negro, una gorra de la misma estofa y color, y sobre ésta una corona. En la armería de Madrid existen dos armaduras que se cree fueron suyas, una de ellas de acero sólido con muy pocas labores; y segun sus dimensiones, puede presumirse que Boabdil seria de buena estatura y de robusto cuerpo.
Muerte del marqués de Cádiz.
El célebre Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, fue sin duda el mas señalado entre los caballeros españoles por su valor, esfuerzo y grandes servicios en la guerra de Granada. Él fue quien dió principio á esta famosa empresa con la captura de Alhama; y él, despues de participar en casi todos los trances y sucesos de ella, presenció su fin; pues se halló en la toma de Granada que fue el sello de la conquista. Á la edad de cuarenta y ocho años, y cuando empezaba á disfrutar la gloria de tantos triunfos, vino la muerte y le arrebató cubierto de laureles. Murió este esforzado caballero el dia 27 de agosto de 1492, muy pocos meses despues de la conquista, habiendo sido ocasion de tan temprana muerte los achaques que le acarrearon los trabajos y fatigas de la guerra. El Cura de los Palacios, que le conocia, dice que se le citaba como el modelo mas perfecto de la virtud caballeresca de su tiempo: era moderado, casto, y muy piadoso; amante de los soldados, gran defensor de sus vasallos, justiciero, pero benigno, y enemigo de aduladores, cobardes y embusteros. Su ambicion era tan noble como grande, sus pasatiempos todos de un género guerrero. Amaba la geometría aplicada á la ciencia de la fortificacion, y gustaba de la música, esto es, de la música militar, y del sonido de cajas, clarines y trompetas. Como buen caballero, era protector del bello sexo, y no tenia menos acreditado su valor personal que su cortesía para las damas.
Su muerte causó un sentimiento general, por lo mucho que todos le honraban y querian. Sus parientes, criados y amigos, se cubrieron por él de luto, y éstos eran en tanto número, que la mitad de Sevilla se vistió de negro. Pero el que mas vivamente sintió su pérdida, fue su fiel amigo don Alonso de Aguilar.
Las honras fúnebres que se le hicieron, no podian ser mas suntuosas y solemnes. Su cuerpo, (dice el referido Cura de los Palacios) fue colocado en un atahud forrado de terciopelo negro, con una cruz de damasco blanco en la cubierta. Vistiéronle una rica camisa, un jubon de brocado, un sayo de terciopelo, y una marlota de brocado que le llegaba hasta los pies: al lado le pusieron su espada ceñida como él la traia siempre. Ataviado con esta magnificencia, y puesto el atahud en unas primorosas andas, lo colocaron en una sala baja de la casa de los Ponces. Los hermanos y parientes del difunto, la Duquesa su muger, y otras muchas dueñas, hicieron sobre él grandes lloros y sentimientos, y lo mismo hicieron sus criados, escuderos y toda la gente de su casa. Al caer de la noche vinieron mas de ochenta clérigos, y tres órdenes de frailes, y lo encomendaron, y lo sacaron de las andas, acompañándole ellos y todos los canónigos y dignidades de la santa Iglesia mayor, y los obispos que se hallaban en la ciudad; y de los seglares, el conde de Cifuentes, los regidores, veinte y cuatros, y alcaldes mayores. Lleváronle con mucha solemnidad, haciendo á trechos sus paradas, y la clerecía sus responsos; y daban tan grandes gritos las mugeres como si fuera su padre ó hermano. Salieron con él desde su casa doscientas y cuarenta hachas de cera, que parecia por donde pasaba que era la mitad del dia. Acompañáronle asimismo de su casa hasta la sepultura diez banderas que habia ganado en batallas de moros, las cuales alli iban cerca de él, y las pusieron sobre su tumba. Saliéronle á recibir los frailes de san Agustin con su cruz y cirios, y ocho incensarios vestidos de dalmáticas negras: y metiéndole en la iglesia, pusieron las andas en una muy alta cama, donde estuvo hasta que le dijeron cuatro vigilias, y dichas, lo depositaron en su tumba.
Su sepulcro, con aquellas antiguas banderas suspendidas sobre él, subsistió por siglos, excitando la admiracion y reverencia de cuantos tenian noticia de los hechos y virtudes de este héroe. Pero en el año de 1810 saquearon los franceses la capilla en que está situado, derribaron el altar, y destrozaron los sepulcros de los Ponces. La actual duquesa de Benavente, digna descendiente de esta ilustre y heróica casa, hizo despues recoger piadosamente las cenizas de sus abuelos, restableció el altar, y reparó la capilla. Pero los sepulcros han quedado enteramente arruinados, y en el dia una inscripcion en letras de oro, que se ha puesto en la capilla, es lo único que indica el lugar de sepultura del valeroso Rodrigo Ponce de Leon.
Suceso de don Alonso de Aguilar.
A los que toman algun interés en la suerte de don Alonso de Aguilar, uno de los capitanes mas celebrados que tuvo España, y amigo íntimo del marqués de Cádiz, acaso no será indiferente la relacion que sigue de las circunstancias particulares en que halló la muerte.