Inmediatamente despues de la conquista de Granada, empezaron los moros á manifestar en el desasosiego de sus ánimos la impaciencia con que sufrian el yugo de los cristianos. Las medidas que se tomaron para convertirlos, y el excesivo celo de los misioneros, les sirvió posteriormente de pretexto para alborotarse; y cundiendo en ellos el fuego de la sedicion, corrieron á las armas, levantaron el estandarte de la rebelion en las Alpujarras, y se hicieron fuertes en las asperezas de sierra Bermeja. El Rey Católico, instruido de estos tumultos, mandó pregonar perdon general á los que, deponiendo luego las armas, volviesen á su obediencia y á la profesion de la fé cristiana; si bien al mismo tiempo dió órden de marchar contra ellos á don Alonso de Aguilar, y á los condes de Ureña y de Cifuentes.
Hallábase don Alonso á la sazon en Córdoba; y aunque el número de tropas que se le dió para esta expedicion, no guardaba proporcion alguna con las dificultades de la empresa, no vaciló en acometerla. Tenia entonces este caudillo cincuenta y un años, habiéndolos pasado casi todos en la guerra; de suerte que los peligros eran ya su elemento natural. Á la experiencia que da el tiempo, unia todo el ardor de la juventud: su cuerpo, con el ejercicio y las fatigas, habia adquirido la consistencia del hierro: sus armas y arreos habian llegado á ser parte de su naturaleza, y puesto á caballo parecia un hombre de acero.
En esta ocasion llevó don Alonso consigo á su hijo don Pedro de Córdoba, que empezaba á entrar en la edad viril, y daba ya muestras de un espíritu osado y generoso. El pueblo de Córdoba, viendo como el veterano padre, vencedor en mil batallas, llevaba á su hijo á la guerra, se acordó del apellido de esta familia, y dijeron: “Ved el águila enseñando su hijo á volar; viva el valeroso linage de los Aguilares.”
La salida de don Alonso, y el temor que su nombre inspiraba á los moros, hizo que muchos de los rebeldes arrojasen las armas, y volviesen de paz á sus hogares. Pero andaba entre ellos la feroz tribu de los Gandules, moros africanos, que de ninguna manera querian rendir vasallage á los cristianos. Éstos tenian por caudillo un moro muy valiente y diestro, que llamaban el Ferí de Benastepar. Á instancias suyas reunieron los moros rebelados sus familias y efectos mas preciosos, abandonaron las llanuras, y llevando delante sus ganados, se recogieron á los lugares mas ásperos de sierra Bermeja. En la cumbre de la sierra habia un llano rodeado de peñas y precipicios, que formaban una fortaleza natural. Aqui, por disposicion del Ferí, se colocó á las mugeres, niños y todo el equipage; y en los puntos que dominaban las entradas de la sierra, se juntaron montones de piedras, para hacer mas peligrosa la subida, y dar mayor seguridad á este asilo.
Llegando los cristianos, sentaron su real cerca de Monarda, lugar fuerte, situado al pié de la sierra. Los moros, bajando de la montaña, se colocaron en la ladera, orillas de un arroyo que los separaba de los cristianos, y se dispusieron á defender á estos la subida. En este estado habian permanecido algunos dias, sin emprender unos ni otros cosa alguna, cuando una tarde ciertos soldados de don Alonso, tomando una bandera pasaron el arroyo, y sin órden ni concierto se arrojaron á subir la sierra: otros, estimulados por este ejemplo, se fueron en pos de ellos, y en breve se trabó en la ladera una pelea muy reñida. Los condes de Ureña y de Cifuentes, en vista de lo que pasaba, pidieron consejo á don Alonso de Aguilar. “Mi consejo, dijo don Alonso, en Córdoba lo dí, y allá se ha quedado: la empresa es temeraria; pero pues tenemos á los moros delante, salgamos á ellos, que si en nosotros conocen flaqueza, crecerá su ánimo y será mayor nuestro peligro: adelante, pues, y confiemos en Dios que será nuestra la victoria”[54].
Los cristianos entonces acometieron con denuedo, y empezaron á subir peleando la sierra arriba. Los moros se defendieron vigorosamente, hiriendo á sus contrarios con una lluvia de piedras y saetas, y recogiéndose, cuando se veian apretados, á unos parages llanos que habia á trechos en la ladera. Pero forzados á abandonar sucesivamente todas estas posiciones, se fueron contrayendo al llano mas alto, donde tenian sus mugeres y haciendas. Aqui hicieron el último esfuerzo, cediendo, al fin, al valor de don Alonso y de su hijo, que cargándolos á la cabeza de trescientos hombres, los obligaron á huir y á desamparar el puesto. La demas tropa, mirando la dispersion de los moros, dieron por ganada la batalla, se desmandaron á robar, y arrojaron las armas para cargarse de botin.
Era ya tarde, y empezaba á oscurecerse el dia. El Ferí, despues de grandes esfuerzos, logró atajar la fuga de los suyos. “Soldados, amigos, les decia, ¿dónde vais? ¿dónde huireis que no os alcance el enemigo? ¿Asi abandonais vuestras mugeres é hijos? volved á defenderlas, y no pongais la esperanza en los pies, teniendo armas en las manos.” El discurso del Ferí y los gritos y lamentos de las mugeres, que se oian á lo lejos, alentó á los moros, y les dió ánimo para volver á la pelea, cuando ya era de noche. Por desgracia se pegó fuego, y voló en aquel punto, un barril de pólvora, y su resplandor momentáneo, bastó para descubrir á los moros el desórden de los nuestros, su poco número, y el afan con que se ocupaban en la coleccion de los despojos. “Ahora es la ocasion, exclamó el Ferí, cerraos y herid en ellos, que están derramados y cargados de vuestra hacienda; yo iré delante de todos, y os abriré el camino.” Con esto avanzaron los moros al ataque, y dando espantosos alaridos, cargaron al enemigo con furia irresistible. Los cristianos, esparcidos y embarazados con la presa, se abandonaron á un terror pánico, arrojaron los despojos, y huyeron en desórden.
En este peligroso trance, solo se mantuvieron firmes don Alonso de Aguilar y algunos pocos de sus valientes; los demas, perseguidos por el enemigo, caen muertos, heridos ó derrumbados. Al fin los caballeros cristianos viéndose acometidos de frente y por espaldas, y hostigados por todo género de armas arrojadizas, propusieron á don Alonso abandonar la cumbre, y reparar en la ladera. “No, dijo don Alonso, que la casa de los Aguilares nunca volvió las espaldas en batallas de moros.” Apenas pronunció estas palabras, cayó á sus pies su hijo don Pedro, herido de una piedra que le derribó dos dientes, y atravesado el muslo de una flecha. El animoso jóven, apoyándose en una rodilla, quisiera todavia pelear al lado de su padre; pero éste lo entregó á don Francisco Alvarez de Córdoba, que lo sacó de la pelea. En vano hizo prodigios de valor este pequeño escuadron de héroes: uno despues de otro fueron todos sacrificados. El último fue don Alonso, que hallándose solo y sin caballo, y casi sin armas, desenlazado el coselete, y el pecho lleno de heridas, se defendia entre dos peñas contra la muchedumbre que le acosaba. Alli le fue á buscar un poderoso moro, que se separó de sus compañeros; y asiéndose á brazos los dos, comenzó una terrible lucha. “¡Yo soy don Alonso!, dijo nuestro héroe.” “¡Yo soy el Ferí de Benastepar!” replico el bárbaro, y clavándole al mismo tiempo un puñal, dió con él muerto en el campo.
Asi acabó don Alonso de Aguilar, el mas cabal de los caballeros de Andalucía, el mas poderoso de los grandes de Castilla, y el mas distinguido por su estado, por su condicion, y por sus hechos. Habia sido general de varios ejércitos, virey, autor de grandes empresas, y vencedor en muchas batallas: habia muerto por su mano muchos capitanes moros, entre otros Aliatar, el alcaide de Loja, combatiendo con él cuerpo á cuerpo en las orillas del Jenil: era discreto, magnánimo, justo á par de valiente, y era el quinto señor de su casa que habia perecido en batalla de moros.
El conde de Ureña entretanto, habia logrado con mucha dificultad reunir algunos de los fugitivos, y contener el ímpetu de los moros con el apoyo del conde de Cifuentes, que habia quedado al pié de la sierra con la retaguardia. Todavia dió el enemigo algunos ataques en el discurso de la noche; pero á la mañana siguiente cesó el combate, y volvieron los moros á ocupar el llano que tenian en la cumbre.