Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á este en su palacio; mas el sábio moro prefirió para su habitacion una caverna de la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente la misma en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo ensanchar, convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo una abertura circular, que comunicando con el esterior, facilitaba el que pudiesen verse las estrellas al lleno del dia, bien así como se ven desde el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban cubiertas de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras de las estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba llena de instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los artistas mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian cualidades ocultas que solo Ibrahim conocia.
En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse, le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo del mismo metal; todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces se veía el pais amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero hácia la parte por donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo cual advertia á los habitantes de la ciudad del peligro en que se hallaban, indicándoles al mismo tiempo el punto hácia donde debian dirigir su defensa.
—¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria para mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen tales centinelas en lo alto de mi palacio!»
El astrólogo dejó pasar los primeros trasportes del rey, y continuó así:
«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) hubo acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas encierran. En el centro de la pirámide del medio se halla una cámara sepulcral y en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó á edificar ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un libro maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica. Este libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo decirlo.»
«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi corazon en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una parte del egército victorioso, agregué á ella cierto número de egipcios, y con su ausilio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa de la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de los tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al traves de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen. Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y la oscuridad de su sepulcro.
—¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran viagero, y has visto cosas maravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver con el secreto de la pirámide, ni con el libro de la ciencia del sábio Salomon?
—Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y darle todavía mas fuerza.
—¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de alegria; semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo en la frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»
El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados ciertos caracteres caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una puerta de bronce y una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En lo mas alto de la torre habia sobre un quicio una figura de bronce, que representaba un guerrero moro con una adarga en la una mano y una lanza en la otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad, en actitud de velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba algun enemigo, se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al mismo tiempo la lanza.