Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer una mañana, cuando el centinela de la torre avisó al rey que el guerrero de bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza apuntaba en línea recta al paso de Lope.
«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.
—Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que no es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que se retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la torre.»
El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado en el brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y abriendo la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en donde encontraron abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por este lado, dijo el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y contempla las maravillas de la mesa.»
Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy débil, semejante al zumbido de una abeja.
«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que tus enemigos están en campaña y deben venir por el paso de Lope. ¿Quieres introducir la confusion en sus filas por medio de un terror pánico, y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes mas que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por el contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»
El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento de un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro: tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»
Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento. Los primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demas revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y otros.
No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar espias á los montes por el paso de Lope.
Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano, cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada; mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian vuelto sus armas unos contra otros, y despues de un combate muy encarnizado, se habian retirado á sus fronteras.