—Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de proveerte de todo lo que necesites en tu soledad.

—Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener conmigo algunas bailarinas.

—¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.

—Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura alegra y reanima la vejez.»

Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente su vida del modo que se ha dicho en su solitario retiro, el pacífico Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su torre. Á la verdad para un rey de sus años y de su humor era una cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.

Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias, ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz. Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el pie de paz con su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á echar menos la acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera de su monótona tranquilidad.

Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes los soldados, y cuando volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á su señor:

«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.

—¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando en sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»

Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en cuyo trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles en la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de sus cabellos estaban entretejidas con rastras de finísimas perlas; los diamantes que brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de sus ojos, y de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta el lado izquierdo una lira de plata.