El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera de rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, todavía era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto y gracioso talle de la jóven.
«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te llamas?
—Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos como por encanto en esas montañas: él ha sido desterrado de su suelo natal, y su triste hija se halla ahora cautiva.
—¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas mas seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se fian de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos sus movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el talisman.
—Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y á mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar del prodigioso número de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta jóven, yo no veo en sus ojos nada de espantoso, y toda su persona agrada singularmente á los mios.
—Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.
—¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?
—Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría un poco de música para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla fatigado por el estudio.
—Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado; esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»
Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, solo sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del monarca; con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. El sábio se encerró en su soledad para digerir allí el desaire; mas antes de retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de la peligrosa cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á semejantes consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que le dominaba, y puso todo su estudio en hacerse amable á los ojos de la bella cristiana. Á la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas raro y costoso el África y el Asia era prodigado á la princesa. Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia, y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos debidos á su rango, ó mas bien á su belleza: que el orgullo de la hermosura es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto en empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su tesoro, mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla; mas á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa. Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño profundo, del que salia luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su pasion. El efecto de esta música no podia ser peor para el éxito de su galantería; mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban sus sentidos embelesados con sueños agradables, siguió soñando de este modo al lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se mofaba de su infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar sus tesoros á cambio de canciones.