Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no podia darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una chispa de su antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus guardias, puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado en su orígen.
Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que devorado por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba contra el rey el mas amargo resentimiento.
Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y amistoso: «Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste que la hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que eres tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué es lo que debo hacer para evitarlos.
—Separar de tu lado á la infiel que los causa.
—¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.
—Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.
—No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto de mis dias al reposo y al amor?»
El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas cejas.
«¿Y qué me darias, le dijo en fin, si te procurase un retiro semejante?
—Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como tuya.