—¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los prodigios de la Arabia Feliz?

—Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la Aurora del dia. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de viageros.

—No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó con semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. En cuanto al palacio y jardin de Hirám, en general es cierto lo que refieren.... yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha bien lo que voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy íntimas con el objeto de tu pretension.

«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe del desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia el desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en vano por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la hora en que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo una palma, al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme me encontré á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví unas calles hermosas, plazas y mercados espaciosos; mas todo estaba silencioso como la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por todas partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de un jardin adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de flores y árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun viviente se mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de tanta soledad, salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y habiéndome alejado algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya no ví nada, sino el desierto que se estendia hasta perderse de vista.

«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura, enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres, fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de su pecado.»

«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto, dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le hacian invisible.

«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.

—¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea la mitad de mi reino.

—¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio mágico, con la carga que lleve.»

Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada, que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en lengua desconocida.