Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.

Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo, se le puso sobre el hombro con singular familiaridad.

Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado despues que no nos hemos visto?

—Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.»

Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta iba dirigida Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed. Y despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la entregó al palomo.

«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado esta carta á la señora de mi corazon.»

Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.

Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche; mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de su viage y dejar cumplida su mision.

Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas ¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia?

Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la oscuridad con la lastimera muerte del palomo.