Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos, esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una sombra.»
El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré, dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que reina en mi corazon.»
Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de guia y consejero.
«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi tiempo á la meditacion y á la luna?
—Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme.
—Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?
—Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu profunda sabiduría.»
La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y Mentor en su peregrinacion.
Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes él y su esperimentado guia.
Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.