«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, tan famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, esas torres que aunque degradadas ya por el tiempo, tienen impresa la grandeza de los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde vivieron y meditaron tantos de mis antepasados.
—¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»
Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el papagayo, y en el centro de una deliciosa pradera, situada á la orilla del Tajo, descubrió un suntuoso palacio que se levantaba por entre la frondosa arboleda de un amenísimo jardin: tal era el sitio que habia descrito el palomo como retiro del original del retrato. Contemplábale el príncipe con el corazon agitado de varios sentimientos. «Quizá en este momento, decia, estará la hermosa princesa solazándose con sus doncellas á la sombra de esos frondosos bosquecillos, ó tal vez recorrerá con paso ligero los elevados terraplenes, si no es que se halla reposando en lo interior de la magnífica morada.» Al examinar con atencion el edificio, observó Ahmed, no sin disgusto, que las tapias del jardin eran de una elevacion que imposibilitaba absolutamente el acceso; fuera de que estaban guardadas por centinelas bien armados.
Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de los pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»
Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante embajada, voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos, fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la princesa medio recostada sobre un sofá, fijos los ojos en un papel, y bañadas de hermosas lágrimas sus cándidas megillas.
Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus alas, recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se puso con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono mas dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer consuelo á tu corazon.»
Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no viendo sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: «¡Ay! dijo, ¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un papagayo?»
Algo picado el loro con esta contestacion, respondió con cierta secatura: «Á mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar en busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del Tajo.»
Á estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego que los diamantes de su corona.
«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe, y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en mi corazon, y que sus versos han sido el alimento de mi alma. Pero dile tambien que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza de las armas; porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo aniversario de mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán en él muchos príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»