Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y trocarse la sombra en realidad, son los únicos que pueden formarse una idea de su delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este de hallarse mezclado con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos caballeros que se disponian á disputarle la posesion del objeto amado, no le permitian entregarse enteramente á la alegria. El clarin guerrero llenaba ya con su marcial sonido las frondosas riberas del Tajo, y por do quiera se encontraban paladines que acudian á las fiestas de Toledo, seguidos de numerosas y brillantes comitivas.

La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia influido en el de la princesa, la cual para precaverse de los males que el amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en el solitario palacio hasta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la suya!

«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el retiro y bajo la direccion de un filósofo! ¿De qué sirven el álgebra ni la filosofía para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te olvidaste de instruirme en el manejo de las armas?»

En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era, empezó su discurso por una invocacion piadosa.

«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están en sus manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe, ó Ahmed, que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos únicamente de un corto número de eruditos, que se han dedicado como yo á las ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla una caverna profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de hierro, sobre esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido oculto por espacio de muchos siglos.»

Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando los cuernos, continuó así:

«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage que hizo por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos nuestra habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de conocer los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra familia, que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas pertenecian á un mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando los cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo y armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.

—¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa caverna.»

Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un anticuario ó de un buho pudiera descubrir la entrada. Una lámpara sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la impaciencia de entrar en liza con sus rivales.

Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se dispuso en la vega ó llanura que se estiende al pie de las murallas de Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y galerías para los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías y toldos de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban las galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie de ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo con gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, en donde flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la princesa Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una multitud de admiradores: en todas las gradas, en todos los pabellones, en todo el campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y los príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía de su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su ansia de combatir.