Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el color encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas indicaban temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal para el primer combate, cuando anunció un heraldo la llegada de un caballero estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed. Llevaba sobre el turbante un almete de acero, guarnecido de piedras preciosas; la coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados en Fez, centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble ademan y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion general; y cuando fue anunciado bajo el nombre del Peregrino de amor, todas las damas de las galerías esperimentaron una agitacion estraordinaria.
Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y su rango; pero fue mucho peor, porque siendo mahometano no podia tomar parte en un torneo, cuyo premio era la mano de una princesa cristiana.
Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con un caballo endemoniado y con unas armas encantadas, que nada era capaz de contener una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el grupo mas cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que encontraba. El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia por entre la asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros vencidos, sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se lastimaba él mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de corage, y al ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes, mandó á los guardias que se apoderasen del que así se atrevia á ultrajarle; mas los guardias quedaban fuera de combate luego que se acercaban al príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando el escudo y la lanza, saltó él mismo á la arena para imponer al estrangero con la magestad real. Mas en aquel momento llegaba el sol al meridiano: el encanto recobraba su influjo, y el caballo árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, se arrojó en el Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó al príncipe sin aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado feliz Ahmed al apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió á dejar las armas y se sometió á los nuevos decretos del destino. Sentado en la gruta reflexionaba sobre las desgracias que aquel caballo y aquellas armas le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse á presentarse en Toledo despues de haber llenado de vergüenza á sus caballeros de un modo tan ignominioso? ¿Qué dirian, señaladamente la princesa, de una conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza de noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas las encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada: á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando las tradiciones de los guerreros que permanecian encantados en las cavernas de los montes, suponian que podia ser alguno de ellos que hubiese hecho esta irupcion desde el centro de su guarida. Por lo demas todos convenian en que un simple mortal no hubiera podido egecutar aquellos hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente de las sillas á la flor de los caballeros cristianos.
Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, y á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real, construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando sus espantados ojos á todas las ventanas en donde distinguia luz; hizo tambien desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y continuó sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á buscar al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en su espedicion.
«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»
El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan tristes noticias: «Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben; la tristeza, los cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia son el patrimonio de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del funesto influjo de este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»
Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los oidos á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos mas hábiles todos los recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse que estaba bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan lastimera mandó el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que lograse curar á la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de su tesoro.
Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:
«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, si sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.
—¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el príncipe.