—Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige lo que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis, un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios, disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas antiguallas y talismanes que se conservan allí desde el tiempo del rey godo D. Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre de madera de sándalo, precintado con barras de hierro á la manera oriental, y cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente por algunas personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido el objeto de muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes debates entre sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á una esquina del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de Egipto, estaba leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y ateniéndose á su sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de seda que cubria el trono del sábio Salomon: cuya alhaja debieron de traer á Toledo los judíos que se refugiaron aquí cuando la pérdida de Jerusalen.»
Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe como sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves momentos dijo dirigiéndose á sus compañeros:
«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano. Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo; y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»
Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por el humilde trage de un árabe del desierto, se pintó el rostro y las manos de color cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido en él al gallardo caballero que causára tanta admiracion y espanto en el torneo. Con un palo en la mano, una canasta al lado y una flauta campestre se dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas de palacio, se anunció como un aspirante á la recompensa prometida por la curacion de la princesa. Los guardias querian arrojarle ignominiosamente. «¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer lo que han intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido el alboroto y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel hombre.
«Poderoso rey, dijo Ahmed, teneis en vuestra presencia á un árabe beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos; se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios, no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus. Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada de esta virtud maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo en toda su plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla vuestra hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este género, me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud con mi cabeza.»
Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos de los árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole inspirado la mayor confianza la franqueza con que este pastor se esplicaba, le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas daban á una especie de galería, desde donde se descubria toda la ciudad de Toledo con las campiñas circunvecinas.
Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la galería, y tocó algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus criados en el Generalife. La princesa permaneció insensible, y los médicos que se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con semblante de incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó el caramillo, y se puso á cantar los versos que envió á la princesa declarándola su amor.
La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, apoderóse de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, escuchó; arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y tiñósele de púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen entrar al músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba hablar. Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que entrase el cantor. Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se contentaron con dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que decian mucho mas que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas completo: las rosas aparecieron de nuevo en las megillas de la encantadora Aldegunda; sus labios recobraron su frescura, sus ojos su brillo seductor.
Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino con una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó, quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida; elige la joya mas preciosa de mi tesoro.
—Ó rey, contestó Ahmed, el oro, la plata ni las piedras preciosas tienen á mis ojos muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un cofre de madera de sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame pues ese cofre y nada mas deseo.»