Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra: la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.
«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el trono de Salomon, el mas sábio de los monarcas: digna es de ser colocada á los pies de la belleza.»
Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo de un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á los pies de esta:
«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino? ¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu presencia al Peregrino de amor.»
No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino como un punto negro que resaltaba sobre el fondo blanco de una nube, y que al fin se perdió en el azul del cielo.
Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. «¿Cómo, le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan precioso talisman?
—¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus virtudes, ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre que le guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe duda que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor por los aires adonde le plazca ir.»
Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, adonde llegó despues de una marcha larga y penosa. Luego que dió vista á la ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su sultana.
El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, cuando se le prometió que la princesa quedaria en libertad para conservar su religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse con todo su poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y regocijos; el anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes esposos continuaron reinando en la Alhambra con no menos sabiduría que felicidad.
Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.