El joven se levantó, ruboroso por su falta:

—¿Qué debo hacer?

—Vaya a la Delegación de Policía. Todas las noches es preciso hacer eso a las dos.

Envolvióse Sergio en su gabán y salió. Una fuerte ráfaga le abofeteó en la puerta. La calle estaba en una completa obscuridad; cuando los calendarios anunciaban plenilunio, y aun en los primeros días de cuarto menguante, el Municipio apagaba las luces después de media noche. Pero la luna se había puesto ya o los nubarrones la ocultaban; y así la calle estaba sumida en una negrura amedrentante. Sergio, sobrecogido, se arrimó a una jamba. Llovía misteriosamente entre las sombras y en todos los alambres silbaba el viento con angustiosos quejidos. En una y en otra acera, las azules llamitas de gas de los faroles, no totalmente extinguidas, temblaban, tan sutiles y tan tenues, que parecían ir a morir. Y eran como fuegos fatuos que fuesen en procesión entre la noche... El rumor del mar agitado se advertía en toda la ciudad, y el viento parecía traer el olor y la humedad de aquellas olas que su misma furia hacía estrellar contra los malecones, en una explosión de espuma... Sergio sintió miedo; miedo a lo sobrenatural que podía existir cabalgando en las rachas, o agazapado en las tinieblas, o gimiendo en los hilos telefónicos; miedo también a las historias de perversidad que había oído referir acerca del pueblo en la paz aldeana: el ladrón audaz, el asesino siniestro, el vagabundo impío... Suponía él una legión de malhechores deslizándose cautelosamente en la sombra propicia y asaltando con el puñal en la mano aquellas casas silenciosas, como ocupadas por difuntos, perdidas en penumbra... Esperó de un momento a otro oir entre los aullidos del temporal el grito de agonía de una voz humana... Y se apretó más contra la puerta...; no se atrevió a marchar. Esperó. El agua de la lluvia corría por su rostro; el miedo lo sujetó, empujándole hacia el quicio con su mano fuerte y helada... Cuando pasaron veinte minutos entró. Prego le interrogó fríamente:

—¿Ocurre algo?

—No.

—Pues márchese.

Sergio vaciló. Pudo encontrar una disculpa con que encubrir su pánico:

—Está lloviendo a mares.

Se tendió en el largo diván, y el constante y lejano runrún de las máquinas volvió a dormirle.