—Y mire usted, debe ser mi sino: todas me tocan histéricas. Cada amor mío es una novela de refinamientos y de exaltaciones. Figúrese: ellas histéricas y yo histérico también...
—¡Ah!—balbuceó Sergio, sin comprender, en tono de condolencia ante el mal—; ¿usted también es histérico?
—Histérico; sí—aseguró, resignadamente, Muñiz.
Continuó. Ahora estaba en relaciones con una estupenda mujer, que tocaba el piano vestida con una bata de encaje y con lazos azules en los muslos. A lo mejor interrumpía la ejecución, vertiendo lágrimas, y se abrazaba a él, pidiendo que le jurase que morirían juntos.
—Ya ve usted; esto es terrible.
Pero tenía otras dos... Era para no acabar la historia.
—Y luego, como yo soy así... tan pasional... ¿Vió usted ese cuadro que hay en la dirección: una matrona que simboliza la República? ¿No se fijó usted en que tiene un pecho desnudo?... Pues yo, amigo mío, no puedo mirar para ella apaciblemente. Ya le he pedido a don Agustín que lo mande repintar para ocultarlo...
A la una de la noche Muñiz se marchó con el director. Sergio, sentado en su silla, después de leer todos los periódicos que se amontonaban en la mesa, comenzó a sentir sueño. La redacción estaba en un silencio profundo; rasgueaba, incansablemente, la pluma del triste autor de «¡A la lucha!» Llegó la canción de un borracho. Después toda la casa se llenó del ruido de las máquinas, que comenzaban a tirar las primeras planas del periódico. Y aquel ruido, constante e igual, un poco amortiguado por los tabiques, acunó a Sergio y lo durmió.
Pero despertó al sentirse sacudido. Prego le miraba fríamente, con sus ojillos rojos:
—Dé una vuelta por ahí antes de que cerremos, a ver si ha ocurrido algo.