Al salir, Sergio oyó, estupefacto:
—Ya lo sabes; mañana, a las cinco, en la redacción de El Avance. Hete aquí hecho un periodista.
Y ante el susto del joven, Rodeiro rió de buena gana:
—No hay otra cosa, chico; aún tenemos que bendecir nuestra suerte. ¿Qué? ¿No te agrada eso?
Sí, le agradaba, pero sentía un gran temor; asustábale el exceso de prestigio del cargo y el misterio que sospechaba él tras la palabra «periódico». Rodeiro le tranquilizó: ya se iría enterando; la labor de él no podía ser más fácil: recorrer los centros oficiales en busca de noticias que ni aun tendría que redactar. Poco trabajo. Verdad era que también daban poco dinero: diez duros. El resto, hasta reunir lo preciso para la fonda, se lo daría el propio Rodeiro, mientras no se ablandaba doña Rosa. Y ¡qué diablo!... entrar así, en un periódico, no era cosa baladí, ni mucho menos. El periodismo es una escala...; siendo avisado... Podía citar él centenares de personas que habían conseguido altos puestos, hasta la celebridad, escribiendo para la Prensa. Todo consistía en saber manejarse. Sergio era joven, no era tonto... podía hacerse un porvenir.
—Yo creo que tu madre se pondrá muy contenta.
Veinticuatro horas después, Sergio Abelenda era gacetillero de El Avance y ocupaba un puesto en la larga mesa común.
El Avance era redactado casi todo él durante la noche. A las diez en punto, don Agustín Rosales entraba en su despacho, y poco después sonaba imperioso el timbre en demanda de café. Don Agustín no escribía nunca; pero ingería pasmosas cantidades de café para tener despierta la inspiración en caso preciso. Su principal labor era poner títulos y apostillas a los trabajos de sus redactores. Un telegrama, por ejemplo, en que se reproducían las declaraciones de un ministro, lo encabezaba con este epígrafe: «Palabras, palabras y palabras»... Si era una simple noticia local en la que se contaba cómo un marinero borracho había golpeado a su mujer, don Agustín, tras leerla con escrúpulo meditativo, trazaba debajo, sumariamente: «¡Lástima de cárcel!»... A veces era aún más compendioso. Escribía: «¡Bestia!»... Los lectores de El Avance sabían encontrar la sabia mano de Rosales en estas filigranas, y la admiración hacia el terrible polemista crecía.
Dos eran los redactores del periódico: Muñiz, que era el literato de la casa, y Prego, que escudriñaba durante el día los periódicos de la región, y por la noche se encorvaba sobre los telegramas, siempre mustio, siempre callado, con las solapas sucias, con los ojos enrojecidos... Era un republicano de corazón; había hecho promesa de andar de luto hasta que volviese el régimen de la democracia, y las pocas veces que dejaba oir su voz era para hacer citas de Nakens y de Alfredo Calderón; su espíritu no podía soltar esas muletas. Despreciaba a Muñiz por banal y culpaba a Rosales de comedimiento. No había escrito más que un solo artículo, titulado «¡A la lucha!», en el que excitaba a los hombres de ideas avanzadas a una actuación violenta; ofrecíase a morir el primero en las barricadas y opinaba que «era preciso correr si no se quería llegar tarde», porque a él le constaba que España hallábase agonizante, bajo la tiranía y la concupiscencia. De este artículo nadie le habló jamás, y su amargura se acrecentó desde entonces, inconfesadamente.
Muñiz simpatizó en seguida con Sergio. Muñiz firmaba con el galano seudónimo Juan del Lirio. Sergio, al enterarse, se admiró: ¿era Muñiz Juan del Lirio?... Él había visto esa firma muchas veces y admirado sus divagaciones preciosistas, y hete aquí que este joven vestido con afectación, grueso y con los ojos abultados, era auténticamente Juan del Lirio... ¡Quién iba a suponer!... Muñiz lo envolvió en su protección. En su primera charla aseguró que él era, positivamente, el escritor regional que con más lectores contaba. Después, ya puesto en el camino de las confidencias, no tuvo recelo en afirmar que su sentimentalidad le daba un gran partido entre las mujeres.