Sin embargo, antes de que la semana transcurriese pudo brindarle una ocupación. Fueron juntos a visitar a Rosales, y Rodeiro presentó a su protegido:
—Aquí está el cristiano de quien le hablé: un mozo despierto, que ha de dejarme quedar bien.
Rosales le miró apenas:
—Créame, Rodeiro, le admito por ser usted el recomendante; pero no estamos en condiciones de hacer aumentos en la nómina. Aquello no marcha todo lo bien que debiera. La gente es así: se pasa la vida clamando por alguien que la defienda, y cuando surge un Quijote le vuelve la espalda. Éste es un país muerto, querido; no hay salvación. Si no fuese por los compromisos que uno ha aceptado locamente, yo me habría retirado ya a mi casita y mandado a paseo a todo el mundo...
Rodeiro ponderó:
—De este muchacho no tendrá usted quejas que darme.
El periodista se detuvo en sus paseos por el gabinete:
—¿Trabajó ya en otros sitios?
—No; no ha trabajado; la verdad...
—¡Mejor, caray!; prefiero gente nueva; así la forjo a mi gusto. En cuanto vienen de hacer una gacetilla en cualquier papelucho no hay quien les aguante. Bien; pues que vaya mañana por la redacción, a las cinco, y charlaremos...