—Y no hay para tanto, ¡qué diantre!... La moza lo vale, ¿eh?... Yo en tu caso... no sé...
Sergio declaró, envalentonado:
—No volveré a la Gándara. Si ustedes me llevan, escaparé otra vez. Me iré a América.
—Tú no eres más que un majadero. ¡América!... ¿Qué ibas a hacer en América, desdichado?...
Sergio no sabía qué hacer en América y calló. Más sumiso, fué contando dónde se albergaba y cuánto dinero tenía. Rodeiro le preguntaba secamente. Al fin le despidió:
—Ya veremos lo que puedo hacer, mientras no se dulcifica tu madre. Quiere que la vida te dé una lección, y hace bien. Pero no es cosa de dejar que te mueras de hambre. Ven a verme todos los días. A la una y media salgo del despacho. Espérame a esa hora. ¡Valiente lío has venido a armar tú!...
Y se marchó, con un gesto de disgusto. Abelenda fué, en lo sucesivo, a esperarle a la puerta del viejo caserón donde funcionaban las oficinas de Hacienda. Al tercer día le dijo Rodeiro:
—Tu madre no quiere saber de ti, y le sobra razón. Tengo seis duros que te manda tu hermana, pero no te los doy; pudiera ocurrir que los gastases en tonterías. Serán para la dueña de la fonda.
La suerte del joven le preocupaba. Gruñía delante de él, frecuentemente:
—¡Si pudiese encontrar para ti algún destino!... Pero está tan mal esto...