Sergio tuvo un sobresalto:

—Nada.

—Ven conmigo.

Siguieron una calle transversal y se detuvieron cerca de los malecones penumbrosos en que el mar chapoteaba.

—A ver. ¿Cómo fué eso?

Pero el joven había recobrado su entereza. Adivinó en Rodeiro un enviado de su madre. Replicó:

—¡Cómo había de ser!... Que yo soy un hombre ya, e hice lo que debía.

Quiso verter un capítulo de quejas; pero no encontró qué decir. Embrollóse en puerilidades. Rodeiro interrumpió entonces:

—Todo eso es una estupidez. Es preciso que pidas perdón a tu gente. Lo malo es—se retorcía el bigote, preocupado—, lo malo es que tu madre no quiere ni oirte. Está furiosa contra ti.

Y luego, como si hablase consigo mismo: