Al día siguiente Volvoreta no fué sola al paseo; acompañábala la moza de Narahío, recia, pequeñita, casi cuadrada, picado por las viruelas el rostro, y con reciente olor a los bueyes que cuidaba en los montes de su tierra. Sergio tuvo un disgusto, y aun suplicó a Federica que influyese para que su amiga se quitase el mandil. Pero el mandil tenía un precioso «entredós» y formaba un lazo fastuoso sobre la grupa de la moza, y ella se resistió tenazmente a despojarse de la prenda servil. Alumbrados por el brillante sol de la tarde, bajo las miradas de los vecinos, marcháronse los tres. Sergio, contrariado, yendo un paso más adelante que las jóvenes, creyendo que todo transeunte que por casualidad les miraba seguía pensando: «¡Vean al de Abelenda con dos criadas, el muy...!»
Procuró conducirlas hacia las afueras. Al morir el día, como se tratase de volver a la ciudad, pensó Sergio con rabia en su tránsito ante los ojos de la multitud junto a la moza de Narahío, y decidió hacerlas entrar a merendar en un figón que descubrió en los arrabales. La moza de Narahío pidió pasteles; no los había; entonces reclamó una lata de pimientos morrones; le gustaban mucho y tenía formada un alta idea de su distinción. Los comió con pan y bebió una botella de vino.
—La gaseosa—declaró, disculpándose—tira por el flato y no la puedo tomar.
Sergio casi no despegó los labios durante el paseo, ceñudamente preocupado en la contemplación del ridículo. Al despedirse recriminó a Federica:
—Otra vez, si no has de salir tú sola, me avisas. A la moza de Narahío, que la pasee su padre.
¡Se había atrevido a darle la mano al despedirse; una mano sudorosa y dura!... Si no estuviese tan indignado, se habría echado a reir.
Después, vagando él solo por las calles, entre el hervidero de la Avenida, bajo las cascadas de luz de los focos, mareado por el bullicio de la ciudad, Sergio se advirtió aislado, empequeñecido, falto de ayuda, y sintió la melancolía trepar por él. Le causó tristeza en ese momento, hasta que su madre no hubiese ordenado su captura... A nadie importaba; nadie le recordaba. ¿Qué hacer ahora en la ciudad, desconocido, inservible, aislado?... Había traído de la Gándara veinte pesetas, todos sus caudales; aquella tarde había gastado dos. Como en la fonda le cobraban diez reales diarios, tenía apenas dinero para vivir una semana. Después... tendría que claudicar, volver a cerrar su maleta y desandar las cuatro leguas. ¡Qué grotesca entrada la suya en la finca!... Llegó a pensar que su madre no querría recibirle. Pero él no volvería así. Primero—lo pensó con lágrimas en los ojos—, primero embarcaba de polizón en un trasatlántico, como había hecho el hijo de Miñoca, y se iba a América.
Poco a poco la animación de la Avenida le separó de sus meditaciones. Encontró un placer en mezclarse entre los grupos, en aspirar el olor a flores de las mujeres que pasaban, en ver cómo la caja llena de luz de un tranvía se acercaba o marchaba con destellos lívidos de vez en vez entre sus ruedas o en el trole, en admirar la extensión pulimentada del asfalto, donde la luz de los focos tenía un suave reflejo, en dejarse absorber por la compacta masa humana que iba y venía por la calle Real, brillante como un ascua entre los resplandores que cruzaban los escaparates de acera a acera.
Inesperadamente una mano se posó en su hombro. Se volvió. Los ojos pequeños y vivos de Amaro Rodeiro le miraban severamente, casi al través de los grandes bigotes.
—¿Qué haces tú aquí?