—Estoy yo—contestó Volvoreta.
Continuó la otra avanzando; curioseó a Sergio muy de cerca para ver su cara en la penumbra. Dulcificó la voz:
—Buenas noches.
Y después, limpiándose las manos con el mandil:
—¿Es éste tu mozo?
—Es, sí, señora.
—Vaya...; por muchos años.
Sergio sonrió y dió un gruñido, saludando para marchar. Sin saber por qué, le había molestado aquella pregunta y aquella respuesta. Y mientras se alejaba a buen paso, se dibujó en su memoria el retrato al carbón del señor Abelenda, con su toga solemne y su birrete hexagonal.