Una peseta; le cobraban una peseta diaria. Le daban caldo y pescado; como había mucha gente, Volvoreta tenía que compartir su cama con una moza de Narahío que estaba también sin empleo. No lo pasaba mal: era gente muy buena.

Sergio oía, malhumorado. La situación de Federica no era fácil y la suya mucho peor aún. Se le descubrió, en un atisbo, la locura cometida; pero de su debilidad propia sacó fuerzas de rebelión. Fué preciso que acallase tiránicamente sus meditaciones, porque ahora que veía logrado su objeto, advertía que en la ausencia había poetizado con exceso a la novia, y aquella blusa desceñida y aquella toca de pelo de cabra, rota en algún punto, y los viejos zapatos que asomaban bajo la sucia falda, le causaban cierto malestar. El reloj del Instituto dió una hora con el toque apresurado de sus campanas. Volvoreta quiso tornar. Anunció él entonces:

—Mañana vendré a buscarte.

—Bueno.

—Pero...—vaciló un instante—quiero que estés arreglada...; no como hoy...

—Estaré arreglada.

Atravesaron la plaza sombría, y en el portal obscuro la besó. Entre el resplandor amarillento de la cocina se veían pasar unas sombras, y a veces llegaba el estrépito de una tapadera de metal que caía sobre las losas. Como sintiese el ruido de las pisadas en el portal, salió la posadera y miró:

—¿Quién está ahí?

Acercóse. Era una mujer gorda y pequeña, de fuertes brazos desnudos:

—¿Quién está ahí?