—¿Por qué has vuelto a la posada?
Y ella explicó. Había abandonado a aquella familia; no estaba contenta; era preciso pasarse los días con los cuatro pequeñuelos arracimados...; no podía salir...; la cocinera, por otra parte, le tenía muy mala voluntad. Se detuvo a contar con aire lastimoso alguna mala jugada padecida. Sergio escuchaba, con un sordo rencor contra aquella gente:
—¡Salvajes!...
Añadió después, meditativo:
—No me gusta que andes así... de casa en casa...
Ella se encogió de hombros. ¿Qué iba a hacer?... Era verdad: ¿qué iba a hacer?... ¡Si ellos pudiesen estar juntos!...
—¿Tú querrías?
Y ella, con el mismo ademán y la eterna sencillez inconmovible:
—¿Por qué no?...
—¿Cuánto te cobran en la posada?