—¿Cómo estás aquí?
Las dos mujeres le miraban con atención. Sergio, un poco azorado, propuso:
—¿Puedes salir?
Hizo ella un gesto y bajó la voz para contar:
—Les estoy ayudando ahí dentro. Pero un momentito, si no es más que un momentito... Espérame...
Marchó y volvió a salir con una negra toquilla sobre los hombros. Fueron hacia el centro de la plaza.
—Pues yo estoy aquí por ti.
—¡Boh!—rió ella, incrédulamente.
Sergio se incomodó. ¡Era aquél un buen recibimiento!... Le había visto llegar como si acabasen de verse la víspera: ni un arrebato, ni un cariño, ni una frase de júbilo. ¡Era de mármol!... Se lo había dicho mil veces. ¡Era de mármol!... El tonto era él en seguir queriéndola y en preferirla a todo y en pasar apuros y correr aventuras por ella. ¿Así es como se paga un amor?
Ella callaba, un poco sorprendida, sin comprender la razón de aquella iracundia. Y así hubo una pausa. Sergio al fin la rompió, preguntando: