En el vano del pasillo, sobre el fondo de luz, destacóse la negra silueta de la joven.
—¿Qué?
—Ven, que te llaman.
Avanzó. La enorme plaza estaba sumida en el azul de Prusia del crepúsculo. Preguntó Volvoreta desde el portal:
—¿Quién es?
Y Sergio, con la voz conmovida:
—Soy yo.
Se admiró la joven:
—¿Y tú?... ¡Vaya, Señor!... ¡Quién contaba contigo!...
Salió a la calle. Llevaba una saya vieja y una blusa de algodón, desprendida de la cintura. Sonrió frente al novio: