—Sí.

—¿Que es de allá, de Dumbría?

—Eso es: de Dumbría.

—¿Y luego? ¿Qué le quiere?

—Le traigo un encargo de sus parientes.

La mujer volvió la cabeza hacia el portal y gritó:

—¡Ay, Federica!

Sergio balbuceó, asombrado:

—Pero... ¿está aquí?

—¡Federica!—tornó a vocear la mujer.