Fué a albergarse el enamorado a la misma modesta casa de huéspedes en donde estuvo en los días en que lo llevaban a la capital para hacer sus exámenes del Bachillerato. Pretextó ir a continuar sus estudios. Puso a la vista sus libros, desembarazó de lodo su calzado, se acicaló todo lo que el contenido de su maleta le permitía, y, después de comer, se lanzó a la calle.

Dedicóse a vagar ante la casa donde Volvoreta había encontrado empleo. Le pareció un poco estrecha, con cierto aspecto de humildad que le hacía tener la vieja pintura verde de sus galerías, que el sol había ido rebajando de tono. La calle no era muy concurrida y Sergio pudo avizorar desde un extremo el portal de la vivienda, en palpitante ansia de la aparición de la amada. Transcurrió una hora, dos. Sergio se apoyó en la jamba de una puerta y continuó esperando. Federica habría de salir o de entrar en algún momento... Pero Federica no entró ni salió. Otra hora, otra... El enamorado pensó en subir; pero le retenía el temor de comprometer a la moza. Desde la acera opuesta atisbó largamente la galería; vió aparecer en ella una mujer de media edad, en cierto desarreglo; después unos chiquillos, que consagraron diez minutos al deporte de aplastar, en competencia, sus naricillas sobre el cristal; luego, un hombre, maduro ya, que miró insistentemente a Sergio, tamborileó en los vidrios y volvió a entrar. En toda la tarde no pasó en la galería cosa de mayor transcendencia que las narradas.

Desanimado, mustio, Sergio vagó por la ciudad, en un soliloquio de conjeturas. Su anhelo le condujo a la posada donde antes se había hospedado Volvoreta. Estaba próxima al gran edificio cuadrado y sobrio del Instituto, en un grupo de casitas humildes. A la puerta, sentadas en la piedra del umbral, departían dos mujeres del pueblo. Tras sus cabezas se veía el estrecho portal y un pasillo, y más allá la amplia cocina, donde había el resplandor de una cansada luz vacilante.

Sergio inquirió:

—¿Está la dueña?

Una de las mujeres respondió, sin alzarse:

—¿Qué le quería?

El joven explicó, un poco turbado:

—Deseo saber si conoce el paradero de Federica, de una tal Federica que estuvo aquí.

—¿De una que anda a servir?