Por fortuna suya, no llegó a llover; manteníase el cielo entoldado y corría todo a lo largo del camino un fresco viento que agitaba las ramas desnudas y hacía rizar el agua de los charcos. Dormía aún la Gándara; pero en algunas heredades veíase confusamente las sombras de aldeanos madrugadores. Sergio apresuraba el paso, con un creciente temor a ser descubierto. Cuando llegó a lo alto de la cuesta se volvió para abarcar el paisaje que abandonaba, como había visto en una estampa de asunto de emigración que había en su casa... El adiós a la aldea. Cambió de mano su carga y siguió apresurado.
La primera legua la anduvo sin fatiga. Después comenzó a estorbarle la maleta. El día había abierto ya y pasaban por el camino, en la misma dirección que el joven, vendedores de piñas y aldeanos que llevaban a la ciudad la leche de sus vacas en panzudos jarros de metal. Sus caballejos menudos, de abundante crin negra, arrojaban en el frío mañanero largos chorros de vapor. Al pasar, las gentes saludaban:
—Buenos días nos dé Dios.
Sergio contestaba:
—Buenos días.
Y las veía alejarse, estimulando con sus voces a las bestias.
La doble fila de olmos había quedado muy atrás. Ahora la carretera corría casi bordeando el mar, lleno de olas perezosas que tenían blancas tildes de espuma. La ría era ancha y los montes fronteros aparecían brumosos. Un bote de parda vela venía hacia la costa, dando bordadas, muy caído hacia estribor. Y allá lejos, cerca ya del mar libre, se veía como puntos negros la escuadrilla de traineras salida antes del alba de todos los pequeños puertos vecinos, arriadas las velas, dejándose zarandear por las olas llegadas del confín temeroso.
Cuando hubo andado la segunda legua, Sergio se arrepintió de aquel arrebato de amor a la ciencia que le había hecho guardar en la maleta los libros de estudio. Seguramente eran ellos los que la hacían pesada. La dejó sobre un poyo y flexionó varias veces el brazo para desentumecerlo. Entonces se tronchó el peciolo de la camelia que llevaba en el ojal del gabán, y hubo de continuar el viaje asiéndola blandamente con la mano libre. Por último, como le molestase, la arrojó sobre un montón de grava. Hacia el final de la legua número tres tuvo tentaciones de solicitar que le dejasen ir en alguno de los caballejos que aún pasaban, o subirse a los carros chirriantes bajo montañas de hortalizas. Pero desde un pino paraje vió, repentinamente, la torre del faro de la ciudad, que se alzaba a lo lejos, destacándose sobre el fondo gris del cielo y el fondo gris del mar. Cobró alientos. Comenzaron a aparecer a los lados del camino alegres casas de recreo, con bosques de eucaliptos y verjas labradas; en la carretera el lodo había crecido—un lodo negruzco—y las rodadas de los carros lo surcaban profusamente. Más allá eran pequeñas casitas de obreros las que formaban calle; los chiquillos, medio desnudos, jugaban en las cunetas, y las gallinas se paseaban con sordo cacareo entre su prole, huyendo despavoridas al advertir la proximidad de un transeunte o el ruido de un carro.
Y en otro instante, más lejos, por encima de los tejados de una fábrica, otra vez el mar... y la ciudad entera, con su semicírculo de blancas casas y la mancha obscura de los jardines casi en la ribera, y el castillo alzado en un islote a la entrada del puerto, y el rebrillar de los cien mil cristales de los miradores y tres grandes buques anclados hacia el centro de la bahía, más allá de los vaporcitos pesqueros y de los barcos de cabotaje. Y sobre todo el conjunto, las cúpulas de las iglesias, rompiendo aquí y allá la confusión de tejados, y más alta aún, como una flecha hundida en la pesada nube gris, la torre del faro, obscura, aguzada, firme, haciendo la centinela del pueblo y del mar, envuelta en el pardo capotón de su granito...
Silbó cerca un tren. Como respondiéndole, el ronquido de una sirena llenó todos los ámbitos, y todos los ecos lo repitieron. Y entonces, uno de los grandes buques se movió lentamente sobre el agua quieta de la bahía y el humo de sus chimeneas se extendió, agitándose, como un pañuelo en una despedida... Sergio se sintió alegre y entró en la ciudad.