Avanzó, en un arranque de iracundia; puso sus manos sobre el hombro filial y le hizo encararse con el retrato en el que el señor Abelenda, envuelto en su toga, parecía ir a pronunciar un informe.

—¡De rodillas; a pedirle perdón, a jurarle que no volverá usted a ofender su memoria en el apellido que lleva!

Sergio se hincó.

—¡Rece usted!

Lo miró, ceñuda, y tras un silencio dirigióse a la puerta. Desde allí conminó, con voz encalmada, solemne, como si pronunciase un juramento:

—Si llego a saber que insistes en esta locura, te haré embarcar para América. Quedas advertido.

Al amanecer el día siguiente, Sergio huyó a la ciudad.

Durante la noche había madurado su decisión. Se había negado a cenar, y en la soledad de su alcoba se sintió torturado a la vez por la vergüenza y por la ira. Le sonrojaba que su madre se hubiese enterado de aquella continuidad del noviazgo y, más que nada, que hubiese leído la carta de Volvoreta, con sus incorrecciones, sus versos y sus corazones ardientes y sus palomas absurdas dibujadas con una sentimental sencillez. Pensó que todo aquello debía obedecer primero a una indiscreción y después a una deslealtad de Chinto, que habría hablado de las cartas consignadas a Ramón y se habría avenido a secuestrar alguna.

En aquel estado de rencorosa exaltación, Sergio se creyó más enamorado que nunca y menos dispuesto a consentir que se alzasen nuevas vallas entre él y la campesina de Dumbría. Desde el momento en que la idea de escapar se formuló en su voluntad, la acogió con resolución irrazonada. Huiría. Huiría para no volver. Se imaginó que aquella huída suya a la ciudad era como si se marchase a una región recóndita y lejana en la que su rastro se perdiese, y que detrás de él no había de quedar otra cosa que el sentimiento de quienes le impelían a abrazar el heroico partido. Hasta tuvo un momento de melancólica complacencia al suponer a su madre acongojada, arrepentida ya de su rigor, y a Rafaela y a Chinto paseando por la Gándara, durante el resto de sus días, el hondo pesar de haber provocado aquella catástrofe de la desesperación de un Abelenda que huía de su hogar con un hatillo y andaba cuatro leguas a pie para no volver nunca.

Pensó en escribir una carta, y hasta llegó a precisar algunos términos pomposos. Pero desistió. En una antigua maleta de cuero agujereado por la polilla guardó alguna ropa y todas las cartas de la ausente. Guardó también los libros de estudio—él se proponía ser un hombre y ganar «a pulso» su carrera—. Esperó el alba, despidiéndose mentalmente de los obscuros pasillos tantas noches cruzados con los pies descalzos, y de aquella alcoba donde, en lo sumo de la casa, entraba a veces la luna por un tragaluz. Con las primeras tintas grises del día abrió su balcón, arrojó la maleta y se descolgó él mismo sobre el blando y húmedo suelo del jardín. Una idea sentimental le hizo coger una flor del frondoso camelio; envolvió la casa en una mirada, creyó un deber suspirar hondamente y echó a andar carretera arriba...