La cercana visión de la Muerte, su condición de próximo espectador de aquella dolorosa agonía y de aquella desesperada rebelión maternal, llenaron durante algún tiempo el ánimo de Sergio de una honda melancolía y de terrores súbitos. Toda la aldea le pareció repentinamente asombrada por la tristeza: los grandes olmos sin hoja, las brumas que entraban por la boca de la ría, densas y pesadas y blancas, como una pared que fuese avanzando lentamente; la mansedumbre del paisaje... todo le sugería pensamientos de desolación. ¡Y aquella lluvia eterna, insistente!... Miraba largo tiempo cómo en la vastitud de la gándara el viento arremolinaba los largos hilos que caían de las nubes plomizas, y cómo a veces hacía correr horizontalmente jirones tenues de humo, que eran agua menuda, y cómo los árboles se curvaban, luchando, y toda la casa se llenaba de frío y de rumor. Súbitamente, una racha impelía contra los vidrios un turbión, y el paisaje quedaba velado, como visto al través de un cristal de esmeril... Entonces Sergio, recogido en su rincón, invadida el alma de aquella tristeza, sentía el recóndito deseo de llorar.
Creía a veces advertir misteriosos dolores; se supuso enfermo, y la diaria contemplación de las tumbas del atrio y de la pequeña necrópolis de crecida hierba, guardada por dos cipreses, envuelta en la franja de un tapial, silenciosa y humilde, hacía acudir a sus ojos la humedad de una emoción.
Pero tuvo un sacudimiento. Una carta de Volvoreta le anunció que había hallado colocación. La casa parecía buena, aunque había muchos niños, y no la dejarían salir más que un domingo de cada mes. Sergio sintió una cólera irrazonable. Le indignaba la idea de que Federica hubiese de prestar humillantes servicios a unas gentes desconocidas. Aquello no debía ser. Escribió pidiendo detalles de las personas, de las costumbres, del trabajo que la imponían. Volvoreta tardó en contestar. Entonces el enamorado sintió recrudecidos sus celos.
Pensó que, como había ocurrido en la Gándara, ocurriría también en la ciudad. Otro señorito joven... u otro señorito no tan joven—recordó los requerimientos repugnantes de don Gerardo—le sucederían a él. Y él no pudo hallar, tras un examen detenido de las condiciones de Volvoreta, de aquella extraña naturalidad con que hacía donación de sí misma, ningún motivo de seguridades para creer en la lealtad de la novia. Llegaría a ocurrir, acaso habría ocurrido ya... Impotente y colérico, el enamorado lanzaba a su mente por el obscuro cielo de sus temores, y la mente volvía como un azor trayendo en el pico y en las garras imaginaciones celosas. Otro hombre avanzaba como él por un pasillo enarenado, por unas escaleras crujientes...; y Federica tenía, bajo sus ternuras, aquella misma expresión de tranquila inconsciencia...
Tardaban las respuestas de la ciudad. En una semana no llegó a su poder noticia alguna de Volvoreta. Y una noche, al volver de la rectoral, Sergio halló que su madre le esperaba, con un gesto serio en el semblante. Llevólo al comedor y cerró la puerta. Después extrajo de su bolsillo un papel en el que el amante advirtió las orlas rameadas y la tosca letra de Federica. Dióle un vuelco la sangre. Balbució:
—¿Qué es?
Y doña Rosa, muy grave, con un temblor en la mano que sostenía la carta reveladora, le dijo:
—Me da vergüenza hablarte de este asunto. Te has olvidado de quién eres y de quiénes somos, y tengo que recordártelo. Creí que no insistirías en eso que tuve como una falta de respeto a tu propia casa; pero eres un mal hijo y eres un hombre sin estimación.
Sergio callaba, arañando el mantel, con los ojos fijos en el suelo.
—¡Con una... criada; tienes amores con una criada!—escupía el humillante vocablo—. ¿Es eso digno?... Tu padre moriría de vergüenza, si pudiese verte, desdichado.