—Está ahí el señor cura de la Gándara.

Y entonces doña María pareció salir de su ensimismamiento. Volvió la luz a sus ojos y oyó:

—¿Le digo que suba?

Doña María se volvió en la butaca para mirar a la servidora, como si desconociese su voz. Luego irguióse, casi bruscamente, con una insólita dureza en su rostro. Extendió una mano imperiosamente:

—¡No!

La criada vaciló, sin comprenderla.

—¡No, te dije!

Volvió a caer en el sillón... Le parecía que al arrojar de su casa al sacerdote en aquel momento había roto con el Señor, en una rebeldía contra su propio infortunio.


XIII