Algo más tarde, los señores de la Gándara comenzaron a acudir. Poupariña llegó disculpando a Celsa, que no podría comparecer hasta la tarde, retenida por la turba infantil; doña Simona, la de Souto, traspasada de un dolor sincero ante aquel infortunio; Rodeiro, que tropezaba en los muebles y en las personas, sin dejar de murmurar a cada instante:
—¡Gran desgracia! ¡Gran desgracia, caray!
Más tarde fué don Miguel, al trote de su extraño caballejo color corinto. Había llegado hasta él la noticia por casualidad, cuando se preparaba a marchar al Carballo, donde se celebraba una fiesta.
Los labriegos abrieron camino y le saludaron respetuosos. Él se encaró con las criadas de la casa:
—¿Cómo no se me ha avisado a mí? ¿Por qué no mandasteis un propio a cualquier hora?... ¿Está eso bien?... ¿Qué habrá pensado de mí doña María?
Su indignación era sincera. Los criados intentaron disculparse. La señora no había ordenado... Ellos bien se habían acordado del sacerdote; pero... como el ama no lo mandase... ¿qué iban a hacer?
—¿Y luego?... ¿Va a estar en todo doña María?... ¡Bastantes cuidados le manda el Cielo a la infeliz!... ¡Andad, galopines, id a avisarla de que he llegado!
Entre los labriegos corrió un susurro de murmuraciones. ¡Entonces, habían dejado morir sin confesión a la señorita!... La aldeana vieja gimoteó:
—¡Mi joya!... ¿Qué pecado iba a tener? A estas horas es más feliz que nosotros.
La niñera había subido a advertir a su ama. Se detuvo temerosamente en la galería para anunciar: