—Aún durará hasta que suba la marea.

Volvieron a callar. Sonaron después unas tenues pisadas. Doña María, envuelta en un chal negro, apareció. Llamó al jardinero:

—Llévate a los perros. Bien distantes... Adonde tú veas.

Se lo ordenó casi al oído, como temerosa de escuchar su propia voz, obsesionada por la idea de que un aullido advirtiese a Maruja...

Sergio se estremeció. Le parecía que toda la casa estaba ya ocupada por la Muerte.

Maruja expiró al amanecer. Aniquilada, sin fuerzas, vencida por lo implacable del Destino, doña María tuvo, sin embargo, tan sólo un momento de absoluta entrega al dolor. Después se dejó llevar. No hablaba ni sentía; sentáronla en un sillón en la galería de la casa, para que el fresco mañanero la reanimase y le hiciese bien, y allí se dejó estar, tiritando, con la mirada fija en un punto, tan refugiado su espíritu cuerpo adentro, que hasta la expresión había huído de sus ojos.

Era invernal el amanecer, y a la vista de aquellas gentes, fatigadas por la emoción y la vigilia, parecía más triste aún y más plomizo. Algunas aldeanas que arrendaban tierras de los Solís habían acudido e invadían la amplia cocina o se agrupaban en el jardín que rodeaba el edificio. Una, llegada de lejos, refería cómo había visto a media noche caer una estrella hacia el lado de la casa donde agonizaba la adolescente. Entonces se acordó de ella y adivinó que iba a morir.

—Es el tercer hijo que pierde—explicó un antiguo casero.

Y entonces, una vieja aldeana afirmó, avanzando en el grupo su mano encallecida:

—¡Es un meigallo; es un meigallo que cayó sobre los señores!... Algún mal ojo los vió que embrujó a sus hijos. ¡Mucha envidia hay por el mundo!... ¡Uno tras otro, los tres caraveles de mi alma! ¡Pobriños!...