—¡No quiero morirme!... ¡Yo no quiero morir!... ¡Por Dios, yo no quiero morirme!...

Sonó, alterada por el espanto, la voz de doña María:

—¡Si no morirás, hijiña, no morirás! ¿Quién pensó en tal cosa?...

Sin fuerzas ya, Maruja volvió a caer en el lecho. Doña María se apartó para que no viese sus lágrimas. En medio de la alcoba se arrodilló, cayó más bien, y alzó al cielo sus manos, huesosas y marfileñas, en cuyos dorsos los dedos se clavaban con furia. Y elevó los ojos, llenos de ira y desesperación:

—¡Dios!... ¡Dios!...

Podía ser una súplica o una imprecación rencorosa la suya. Hízola salir la de Abelenda y la llevó a la butaca. Sergio, mudo, invadida el alma por un creciente miedo y una creciente piedad, no se movía del rincón donde al entrar se había sentado. Tenía también él un punzante deseo de llorar.

Casi al amanecer llegó el médico. Entonces el mozo salió de la estancia a desentumecer, más que el cuerpo, el espíritu, angustiado en aquella persistente presencia del dolor. En la cocina la servidumbre estaba levantada y despierta. No había más que una pequeña lámpara de acetileno encendida, y a veces corrían sombras misteriosas por las paredes. Cuando alguien andaba lo hacía en puntillas. La voz del jardinero resonaba como resuenan las voces en las casas desiertas, de donde han sido retirados los muebles. Un silencio, que era somnolencia o era expectación de lo sobrenatural, llenaba las habitaciones y los pasillos.

Cuando transcurrió Sergio le preguntaron:

—¿Cómo está la pobriña?

Y la más vieja criada opinó: