Cerca de las doce, un débil quejido de la moribunda la hizo levantar de la butaca. La alcoba estaba tenuemente alumbrada por una lamparilla. Los gemidos de la enferma se acentuaron. La madre, cerca de ella, le hablaba con una voz de sobrehumana ternura:

—¡Marujiña... vamos!... ¿Qué es, qué tienes tú?...

La adolescente agitaba el flaco cuerpecillo bajo las sábanas... Sus brazos se movieron un poco en el aire y se ciñeron a la materna cabeza, para volver a abrirse y caer nuevamente sobre el embozo, como si toda ella estuviese sacudida por una gigantesca angustia interior.

De pronto hizo esfuerzos por incorporarse, con los ojos iluminados por el miedo—los grandes ojos, que parecían mayores en las cuencas obscuras—; jadeaba en una congoja escalofriante. Doña María la ayudó a sentarse en la cama, de la que salió un tenue vaho de sudor de cuerpo enfermo:

—Pero, ¡qué es... di qué es! ¿Qué sientes, hijiña?

Casi había en su rostro el mismo terror y la misma ansia que en el de su hija. Y ésta acezaba, como si el pronunciar cada letra le costase un esfuerzo vital:

—No sé... no sé...

Después miró a su madre. Aseguró con su voz infantil, hecha más aguda y más débil por el sufrimiento:

—Esto es horrible, mamá... Yo no sé...

Y bruscamente se agarró a ella con una energía desesperada para gritar: