Doña María bebió unos sorbos de una tisana humeante:
—Gracias, muchas gracias, amiga mía. No era cosa de causar molestias...
Tenía, casi constantemente, en los labios un ligero temblor que a veces se acentuaba y distendía las comisuras, como si fuese a llorar. Pero sus ojos estaban secos. Habló, refiriendo, con esa maternal prolijidad de detalles, las últimas evoluciones de la dolencia. Había sometido a Maruja a una sobrealimentación. La pesaba frecuentemente, y la vió aumentar un kilo en su peso. Mas de súbito, el estómago de la enferma se había negado a admitir alimentos. Toda la labor cuidadosamente realizada se desmoronó. En quince días, nada más que en quince días, consumóse el aniquilamiento. Maruja no pudo abandonar la cama. Estaba allí, inmóvil, blanca... Parecían haberle crecido los ojos....
—Lo horrible—confesó doña María, bajando la voz, en la que había un susto secreto del corazón—, lo horrible es que ella se ha dado cuenta ya... Muchas veces la he sorprendido llorando... ¡Llorando sin ruido, con un llanto espantoso!...
Ocultó ella la faz entre las manos y rompió a sollozar, angustiadísima. Todo su encorvado cuerpo se sacudía, como si lo fuese a romper el hipo convulsivo. Doña Rosa, traspasada por el horror de la confidencia, no pudo hablar. En un tremendo dominio de su desconsuelo, la madre se repuso bruscamente y calló, mirando para el obscuro vano de la alcoba, amedrentada ante la idea de haber sido oída. La de Abelenda la reprendió con dulzura...
—Se atormenta usted recordando...
Pero ella siguió:
—¡Oh, si usted la hubiese visto!... Pasa a lo mejor minutos y minutos mirando sus pobres manos, en las que no hay sobre los huesos más que la piel, tan transparente y tan sin sangre... «¿En qué piensas, Maruja?» «No pienso en nada, mamá»; y se vuelve, lentamente, hacia la pared, y está callada, con un silencio tenaz, una hora y otra. A veces finge dormir, pero yo la sorprendo de pronto, con los ojos abiertos y la cara humedecida de lágrimas... Y yo, entonces, pido mi muerte a Dios... Ya ve usted, doña Rosa, ya ve usted; son quince años los de mi Maruja; los otros dos murieron casi a esa edad. Los he amparado, los he defendido..., y murieron. ¿Es justo, es...? ¿Podrá haber quien sepa resignarse...? ¿Se puede morir a los quince años?... Si esto lo hace Dios, ¿por qué Dios me los dió?... Yo fuí buena; yo fuí siempre buena...
Lloraba esta vez sin sollozos; y entre el llanto repetía su frase obsesionadora, que era, en sus labios, como una acusación contra la saña de su destino:
—¡Yo fuí siempre buena... siempre buena!...