Sabela suspiró también, contristada; pero no habló. Daban las once y rezaba a toda prisa una salve que, según sus preocupaciones, debía terminar antes de que cesasen las campanadas. Madre e hija fueron al mirador. Al través de los vidrios, donde espejeaban vagos reflejos, vieron la masa sombría de la casa de los Solís y, en ella, un mirador iluminado. Y esa luz que, a lo lejos, debía sugerir ideas de tibio hogar apacible, las espantó como la luz de un velatorio. En medio de la inmensa negrura del campo, entre la quietud y la indiferencia de todas las cosas y de todos los seres, ¡qué llamada desesperante hacia lo Infinito aquel resplandor que huía de la casa como para pedir el socorro de la enorme tristeza que alumbraba!...

Doña Rosa sintió lágrimas en sus mejillas. Se envolvió en una toca y salió. Isabel intentó acompañarla.

—No; acuéstate tú. Yo no podría dormir sabiendo tan cercana esa angustia. Sergio vendrá conmigo.

Y fueron. En casa de la Solís, la criada que les abrió la puerta tenía los párpados enrojecidos de llorar. Doña María, más pálida que nunca, con un extraño fuego en el fondo de los ojos, envuelta en un chal negro, los recibió. Fingió ánimos doña Rosa:

—Como supe que mandaba usted a buscar al médico... Por si acaso yo podía serle útil, he venido. Ya sabe que a las madres de familia la experiencia nos permite a veces poder servir... Pero no será cosa grave... ¿Verdad?

Doña María se sentó en una pequeña butaca, muy envuelta en un chal:

—Sí es. Es todo: es lo que faltaba... Esta maldición que me persigue... ¡No sé; yo no sé!... Maruja está muy grave, doña Rosa.

Tiritaba en su envoltura, hasta el extremo de oirse a veces cómo sus dientes chocaban. Explicó:

—Llevo tres noches sin dormir; por eso estoy así, destemplada...

—¡Dios mío!... ¿Cómo no avisó, cómo no avisó?...