Fué en una de las noches finales de Enero cuando llamaron fuertemente a la puerta de la quinta. Los Abelendas se disponían a acostarse. Rafaela entró en el comedor, con un gesto de compunción en el rostro:

—Es el jardinero de la señora de Solís. Viene a pedir el caballo de Chinto, porque tiene el suyo cojo y ha de ir a la ciudad...

Doña Rosa preguntó, inquieta:

—¿Pasa algo en casa de los Solís?

—La niña, señora, que está a la muerte la cuitada.

—¡Válgame Dios, válgame Dios!... ¡Qué tormento para la pobre madre!... ¡Que vaya Chinto a sacar el caballo de la cuadra; en seguida!

Se asomó al pasillo para gritar a Rafaela, que se alejaba:

—Y que pregunten a la señora si podemos servirle para algo..., que iríamos allá...

Comentó después, suspirante:

—¡Qué desgracia!... ¡Jesús!...