Rectificó su conducta, se afanó en ser sencillo y en usar expresiones vulgares en las misivas posteriores. Volvoreta contestaba sin apresuramientos, cada tres, cada cuatro días; sus cartas comenzaron a ser pintorescas. Rara era aquella en que su cordialidad no hallaba concreción en algún verso, probablemente copiado del cancionero popular. Uno, con especialidad, era frecuentemente repetido:

Te quiero más que a mi madre,

y, si no fuera pecado,

más que a la Virgen del Carmen.

En ocasiones venían también hojas de calendario, con poesías, dentro del sobre. Las cartas llegaban orladas, con unas ingenuas orlas hechas a mano, y al final, después de la rúbrica—en la que casi siempre se clavaba la pluma en el papel y despedía borrones—, Volvoreta dibujaba unas ramitas, o una flor, o una paloma. Una vez trazó un macaco abominable, con un cigarro en un oído, aunque bien se advertía que la intención era habérselo dibujado en la boca. Debajo decía: «A ver si te conoces.» Federica observó que Sergio usaba algunas veces los puntos suspensivos, y, creyéndolo de rigor, llenaba con ellos renglones de extremo a extremo, con una copiosa complacencia.

Al joven todo esto le parecía poco formal; pero quería sospechar que bajo tales inconsciencias se ocultaba, en su primitivismo adorable, un sincero amor. Cierto día en que el revés de la carta estaba absolutamente invadido por una rama formidable, en la que Volvoreta debía de haberse cegado a fuerza de trazar los redondelitos que simulaban las hojas, pensó Sergio:

—¡Pobre muchacha...! ¡Lo que ha trabajado aquí!...

Aquella frondosidad le enternecía, y para corresponder de alguna manera a semejante esfuerzo, le envió una postal de peluche, preciosa postal, casi tan gruesa como un libro, que tenía unos recortes de celuloide y un espejito en el centro.


XII