La saludadora tomó en la oquedad de una mano el líquido y roció con él el rostro y la cama de Ramón. El exorcismo había llegado a su fin. Después buscó la anciana en el barreño el trozo de camisa, quemado ya, y entre sus dedos nudosos lo abrió al medio, como un fruto de madura pulpa, y se acercó a mirarlo a la luz. Escudriñaron en él sus ojillos grises. Opinó al fin:

—No fué otro que el zoqueiro de Treves, meu filliño. Ve aquí uno de sus pelos rubios.

Acercáronse todos a mirar.

—¡Infeliz!... ¡Era aire de muerto!

—¡Bien tiraba de él el camposanto, infeliz!

—¡Malpocado!

La choza estaba obscura ya; pero por la puerta abierta de par en par se veía una perspectiva de paisaje lleno del luminoso azul de los anocheceres.

La primera carta llegó, al fin. Sergio la recogió con la misma sorpresa y la misma alegría que si no llevase cerca de una semana esperándola. Huyó con ella, buscando un sitio donde poder entregarse a la lectura con un absoluto aislamiento. Su inquietud le hacía vacilar. El ruido de un regato que caía entre rocas le molestaba; más allá, era el rumor de un grupo de robles el que parecía turbar indiscretamente su atención. Por último, rasgó el sobre en la carretera; extrajo el papel: era la hoja de un cuaderno de notas, rayada fuertemente de azul. Leyó: «Apreciable Sergio»... Y cayó sobre su espíritu una gran tristeza. «¡Apreciable Sergio!»... Creyó adivinar que la carta le traía la decisión de una ruptura. Continuó leyendo con el corazón estremecido. «Apreciable Sergio: Sabrás que me alegro tener noticias de tu salud, y la mía es buena.» Continuaba después: «No me engañes con otra: quién sabe con qué mujer te estás entreteniendo; pero yo lo sabré... Suya afectísima», terminaba diciendo.

El joven quedó con los brazos caídos, inmovilizado de estupor. Tardó en comprender la carta. ¿Qué quería decir todo aquello, tan desatinado e incongruente? Él no había dado noticia alguna de su salud, ni Volvoreta podía presumir un engaño. ¡Un engaño!... ¿Con quién?... Volvió a leer la carta y tuvo tentaciones de romperla. La letra era ancha y desigual, y aun con el amparo de las rayas azules no consiguieron los renglones ser trazados derechamente. En algunas palabras faltaban sílabas y la ortografía en todas. Sergio creyó al principio que se trataba de una burla. La idea de que alguien hubiera podido interceptar su carta y mofarse de su lirismo extremado—en mofa soez de gente reunida en torno a una mesa de posada—y pergeñar aquella respuesta imbécil, le encendía en vergüenza y en coraje. Esperaba él una contestación como la suya, apasionada; el relato, también, de la odisea de Federica... Todas las preguntas de su carta quedaban sin réplica.

Pero pasados los primeros instantes, sosegada su razón, pensó que era un absurdo exigir de Volvoreta sentimentalidades literarias, y que los renglones trazados en aquel humilde trozo de papel correspondían a la comprensión aldeana de una carta de amor. Volvoreta había querido, sin duda alguna, mostrar cierta elevación epistolar, y había estampado al final aquel «suya afectísima», que habría retenido en su memoria alguna vez como detalle de distinción. Probablemente, las lucubraciones del enamorado eran ininteligibles para su lectora, y las cartas escritas hasta aquel día habrían quedado sin traducción, sin aprecio posible.