Con el aparente motivo de presenciar la curación del mozo, Sergio fué al siguiente día a la choza donde Ramón era consumido por el mal. Un grupo de aldeanas esperaba a Chinto; la saludadora del Carballo estaba entre ellas; era una anciana de ademán recogido, de boca picuda, y cuyas piernas salían como dos estacas ennegrecidas de los zuecos, de gruesa suela de castaño. El padre del doliente había abandonado también sus labores para estar presente al exorcismo. Las cortas patillas blancas lucían en su rostro carmíneo, y, apegado a las costumbres de la mocedad, gastaba el corto calzón de botones azules y la parda montera, y la gruesa polaina rematada sobre el pie en una borla decorativa. Sentado cerca del hogar, picaba sobre sus propias manos, callosas, los tabacos de a cuarto. Chinto le deseó al entrar:

—Buenas tardes, mi padre.

—Buenas tardes, hom.

La saludadora comenzó sus funciones. Se había comprado un barreño nuevo y la vieja lo puso sobre un banco, cerca de la cama del adolorido. Vació en él unos cuencos de agua. Fué preciso darle alguna prenda de ropa que hubiese estado en contacto directo con el cuerpo del mozo, y Chinto le entregó una tosca camisa de Ramón, de la que ella arrancó un trozo y lo apretó entre sus manos, hasta formar con él una pelota.

Luego cruzó sobre el barreño dos ramas de laurel. Era de rigor que las sostuviesen dos personas de la familia, y tuvieron que esperar a que el viejo concluyese de hacer llegar las chispas de su pedernal a la yesca guardada en el fondo de un trozo de cuerno de buey. Conseguido esto, encendió su cigarro y se acercó, cachazudo. Sobre las ramas cruzadas, la saludadora depositó el apelotonado jirón de tela, y prendió fuego por los dos extremos libres a la cruz. Se alzó un humo oloroso. La saludadora recitó en alta voz, solemnemente:

¡Loureiro que fuches nado

e non fuches enxendrado,

sácall’o aire de vivo,

de morto ou d’escomulgado!

Un profundo silencio. La emoción supersticiosa se había adueñado de todos aquellos espíritus propicios a ella. Se oía crepitar las ramas secas de laurel en la calma aparatosa, llena de misterio. El trozo de tela comenzó a arder con un humo espeso. Sobre el humo, las manos descarnadas de la vieja se extendían, y sus labios murmuraban un susurro de frases como en una oración. Cuando las ramas—apoyadas ya en los bordes por sus cuatro extremos—se quebraron, carbonizadas, cayeron al agua y en ella chirriaron los tizones.