—¡Pero Chinto!...
—¿Y usted sabe lo que costaba, señor, que no llegaban dos duros para ella?... ¡Y total... si ha de estar de Dios!...
Luego añadió, como para justificarse:
—Pero ya lo visitó la saludadora del Carballo, que tiene manos de santa. Dice que lo que trae a mal traer a Ramón es un «aire de difunto». Y luego él recordó que en el velatorio del zoquero de Treves se había sentado en la cama donde murió el hombre. Mañana quedó en venir la saludadora para quitarle el aire.
—¡Si mi madre se entera, Chinto!
Chinto volvió a hacer un mohín:
—¡Ojalá hubiésemos empezado por esto, que ya estaría bueno el pobriño!...
Sergio entonces deslizó su propuesta:
—Mira... Tengo un amigo que... ¿sabes?... no quiero que me escriba a casa... Mandará los sobres dirigidos a Ramón... Que no los abra, ¿eh?... Ya iré yo a recogerlos.
Chinto asintió y ofreció advertirle. Sergio, radiante, volvió a escribir el mismo día otra larga carta sentimental.