Agregó, volviendo al trabajo:
—Como guapa, es bien guapa, señorito.
Y Sergio aquella noche, encerrado en su alcoba, escribió a Volvoreta una larga carta en la que nada decía: era la espuma del contenido amor: una carta lírica en la que vertió una romántica tristeza. La releyó y quedó satisfecho.
Pensó en los medios de que la respuesta pudiese llegar a sus manos, y tras una larga cavilación resolvió que se la dirigiese a nombre de Ramón, el hermano de Chinto, que aún yacía enfermo en la choza. Él mismo escribió el sobre para sí propio, pegó el sello y lo mandó dentro de su carta, con un ruego porfiado de réplica: «¡Escribe pronto, escribe pronto; no vivo sin ti!»
Al siguiente día preparó a Chinto. Fué a verlo a la huerta.
—¿Cómo marcha tu hermano, hom?...
—Va yendo, nada más—se lamentó, sin gran pesadumbre, el criado—. No sé qué tiene en aquel cuerpo el pobre, que no sale de penas.
—¿No volvió el médico?
Chinto se encogió de hombros.
—¡Boh!... ¡Los médicos!... Ya vió... No le dan con el mal... Allí tenemos la receta...